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Tom Petty, de regreso entre las flores salvajes

│Por Sebastián Rubin

La historia de Tom Petty se parece a tantas otras fábulas del rock: la del niño que despierta del letargo sureño de su Florida natal con los sonidos de The Beatles en su pequeña y portable radio AM, la del adolescente que forma una banda de rock con sus compañeros de escuela, la del joven que decide subirse a una camioneta y se marcha a Los Ángeles a probar suerte. Pero los sueños de Tom y sus Heartbreakers se hicieron realidad cuando “American Girl”, de su primer disco, llegó a las radios y se convirtió en sensación inmediata.

A ese álbum lo siguió un segundo LP apurado y una larga disputa con su sello discográfico que resultó en un demorado pero igualmente demoledor y consagratorio Damn The Torpedoes, con su foto de portada esgrimiendo su Rickenbacker de 12 cuerdas como escudo y declaración de principios. Entonces Petty llegó a Inglaterra y fue recibido como una estrella de la new wave aun cuando sus composiciones poco tuvieran que ver con los anfetamínicos ritmos de las nuevas olas. Era su energía, era su frescura lo que compartía con aquellas bandas, y al mismo tiempo contagiaba y conquistaba a toda audiencia que se le pusiera enfrente.

Al éxito de Damn the Torpedoes le siguieron discos de noble factura como Hard Promises, Long After Dark y Southern Accents, una estancia como banda estable de Bob Dylan y un último disco con The Heartbreakers un tanto desparejo y cansado, Let me up (I’ve Had Enough). Fue entonces cuando, providencialmente, su amistad con el entonces no tan viejo pero un poco devaluado Bob lo llevó a incorporarse a The Traveling Wilburys junto a George Harrison, Roy Orbison y Jeff Lynne. El más joven de la familia Wilbury fue recibido en el Olimpo del rock con todos los pergaminos y regresó, esta vez como solista, con su brillante Full Moon Fever, un disco perfecto, rutero, sensible, melodioso, cantable, maduro y vital. Tom Petty era una estrella por derecho propio y ya nada podría detenerlo.

Pero como siempre se vuelve al primer amor, regresó a sus amados Heartbreakers y entregó Into The Great Wide Open, una perfecta continuación de Full Moon Fever. De ahí en más, Petty intercaló esfuerzos grupales con lanzamientos en solitario, todos de sólido para arriba (con la excepción tal vez de The Last DJ), incluso dándose el gusto de reunir a sus viejos compañeros de colegio, Mudcrutch, y editando con ellos dos maravillosos volúmenes de rock americano. Un rock como el de The Byrds con sus brillantes guitarras Rickenbacker, como el de Bob Dylan con su voz añejada y rasposa, como el de Bruce Springsteen, héroe de la clase obrera, pero todo junto: 100% Tom Petty.

La tapa de una revista Creem de 1985 fue mi primer contacto con Petty. Pero fue recién cinco años más tarde, cuando una adorable estudiante de intercambio de Los Ángeles cayó en casa y me hizo escuchar Full Moon Fever, cuando sucumbí como una quinceañera enamorada ante sus canciones. Desde entonces, fue puro fanatismo. Viajé a California a conocer cada uno de los paisajes descritos en “Free Fallin’”: Mullholland Drive y el centro comercial donde se filmó el video clip de la canción, el valle de San Fernando y sus chicas que amaban a sus novios y los caballos, y también a los chicos que salían de aventuras y las dejaban solas en casa.

Y volví y devoré cada uno de los discos que logré grabarme en aquel viaje iniciático, aprendiendo, guitarra en mano, cada una de las canciones de Petty y cruzando desesperadamente la ciudad en cuanto sabía que un nuevo disco suyo llegaba a las bateas de mi disquería céntrica favorita. Por eso ahora el corazón está roto y las lágrimas en caída libre, deslizándose por Mullholand. Porque Tom Petty dejó el mundo por un rato para ser libre entre las flores salvajes, adonde siempre perteneció.



El artículo Tom Petty, de regreso entre las flores salvajes fue publicado originalmente en Silencio
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