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Skay revalida sus pergaminos en su séptimo disco solista

│Por Guillermo E. Pintos

¿Siguen saliendo discos de rock? Sí, claro. Éste es uno, de los mejores que pueden escucharse aquí y ahora. El autor e intérprete lo avala con su nombre y trayectoria: Skay Beilinson, quien fuera el guitarrista de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. O sea, el hombre que firmó varias de las más grandes canciones de rock hispanoparlante de la historia. Casi casi, un mito (tal vez a su pesar).

Pero ahora llegó el tiempo del séptimo disco solista de Skay, publicado en formatos físico y digital según -en este último caso- una ¿novedosa? secuencia de ediciones semanales: todos los viernes desde mayo, las plataformas de streaming fueron habilitando una canción hasta llegar a la cuenta de diez. Ese es el número de tracks que componen En el corazón del laberinto, un disco de rock. A secas. Vibrante. De dientes apretados. Una breve enciclopedia de ritmos y sonidos que abrevan en ciertas elementales fuentes: Led Zeppelin, los Stones, Hendrix, Tom Waits. Cien por ciento cultura rock, con letra y música del guitarrista flaco que se parece bastante al mejor exponente de riff humano argentino.

Con un registro vocal que ya no sorprende por intensidad y efervescencia -muy lejos de su tono calmo de conversación franca en cualquier bar-, ese sonido de guitarra y una sólida formación instrumental integrada por sus históricos compañeros de ruta Claudio Quartero, Leandro Sánchez y Javier Lecumberry, el Skay modelo 2019 ofrece un menú de diez pasos en donde caben canciones rocosas que aluden a una imaginería de rufianes, piratas, estatuas de sal, castillos de arena, volcanes y cóndores. Todo sabiamente condimentado por aquellos riffs que lo distinguen como un maestro (“admiro a Skay como guitarrista, creo que es el mejor que hubo acá”, dijo hace poco el Indio Solari) y un par de hallazgos sonoros que lo desmarcan de cualquier parecido a la famosa banda que alimentó a base de electricidad durante décadas.

“El sueño de la calle Nueva York” abre el disco con sus remembranzas de pintura al óleo sobre paisaje urbano -como si fuera una secuela perdida y encontrada de “Avellaneda blues”, casi- y un distintivo arreglo de vientos a cargo de Hugo Lobo. Una canción de bar, arrastrada y proletaria, en la que Skay habla del histórico paisaje portuario de la ciudad de Berisso, allí donde -entre otras cosas- se cocinó la movilización popular del 17 de octubre de 1945. En el mismo plano de innovación pero desde otra manera de concreción, se destaca la intervención de una sección de cuerdas que acompaña lo épico de “El valor del encanto”. Para redonditos de ley, una canción que bien podría acompañar -preceder o continuar- la marcha de “Nuestro amo juega al esclavo”.

skayJustamente, después de “El valor…” emerge el núcleo central del disco, pleno en intensidad y sutilezas eléctricas propias del protagonista en cuestión. Hay ecos del redoble guitarrero de un clásico zeppelineano como “Inmigrant Song” que se impone en “Tam tam”, allí donde la guitarra de este otro míster levanta vuelo hacia el espacio exterior. Caricias significativas para los oídos, por cierto.

Y enseguida, el manifiesto poético-sonoro que propone la magnífica “Plumas de cóndor al viento”, un reporte de clima de época global -aplicable a la Argentina de aquí y ahora, más que nunca- que se asienta en versos como “cuando despierta un volcán, manda señales de humo, señales de libertad, plumas de cóndor al viento”. Y que, un rato después, redobla la apuesta con “Hay muchos volcanes mandando señales en Babel y hay un cóndor que nadie ve”. No lo ves hasta que lo ves, bien se sabe.

Con este nuevo disco que saldrá en breve a tocar en vivo -con el agregado de Richard Coleman en segunda guitarra, nada menos-, Skay se proyecta al infinito y más allá, con canciones que no parecen pretender lugar en ninguna posteridad, pero que dejan constancia de un espíritu creativo y vivo. Un prócer, capitán de mar y tierra para varias generaciones de rockeros argentinos, pero en plena forma a los 67 años.

“Habitante de dos mundos, parte sombras, parte luz. Por vos lloro, por vos río. Por vos canto esta canción”, se escucha sobre el ritmo optimista de la última página del disco, “Esdrújulas en órbita”. Una canción que -para seguir el juego propuesto líneas arriba- bien podría maridar con “Ya nadie va a escuchar tu remera”. La relación es antojadiza pero inevitable. En el mismo año en que su exsocio creativo dio a conocer sus “recuerdos que mienten un poco”, el guitarrista flaco de la eterna vincha propone sumarse a su gira mágica y misteriosa, que por suerte está lejos de terminar.



El artículo Skay revalida sus pergaminos en su séptimo disco solista fue publicado originalmente en Silencio
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