boca

Partícipes o cómplices

│Por Javier García

Disclaimer: Esta nota no pretende ser informativa, ni tampoco aseguro que esté escrita con el máximo rigor periodístico. Más bien es una ‘vomitada’ del cúmulo de sensaciones y angustias que generó el triste desenlace del Boca-River.

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El 17 de junio de 2004 fue, quizás, uno de los días más tristes de mi vida en una cancha de fútbol. Ese día, Boca eliminó a mi River de la Copa Libertadores, por penales. Cuando el tosco Javier Villareal infló la red del arco que da a Figueroa Alcorta, la ilusión que tengo desde 1996 se cayó: La Copa Libertadores, otra vez, nos pasaba por el costado. Y encima, el rival era el de toda la vida. Verlos a ellos festejando en el centro del campo, fue aún más doloroso. Nos habían ganado, a mi gusto sin merecerlo, pero el resultado estaba escrito a fuego: River 2-Boca 1. River afuera por penales. Desde esa noche, me juramenté revancha. Quería volver a enfrentarlos y dejarlos afuera. En esa Copa y, si era posible, en su casa.

Esa ilusión también me la robaron.

Pero esta vez no fue Boca, no. Fue alguien más, un tipo que hoy descubrí que le dicen el “Panadero“. No sé ni quién es, tampoco me importa, pero espero que a quienes tienen que tomar cartas en el asunto sí lo haga. Pero él, su accionar, vil, cobarde y premeditado, alentado por un estadio de Boca que falló en su sistema de seguridad, me dejaron sin esa posibilidad. No pude ver a los míos festejando en el centro del césped de La Bombonera. Algo que River estaba a 45′ de conseguir y que, guíandome por el trámite del cotejo, muy posiblemente consiguiera. Ese tipo nos robó esa ilusión. A los de River y a los de Boca, que con 45′ por jugar nunca sabrán si, de pronto, Boca se sacudía, nos enchufaba dos pepas y nos mandaba de nuevo a casa.

Esa noche pasé por varios estados: primero, tenía una ira irracional. Puteaba al televisor como poseído, querían que cobraran todos los bosteros, desde Arruabarrena hasta Osvaldo, pasando por los que yo intuía que habían roto el Superclásico. Después me serené, y casi inmediatamente me entristecí. Me sumí en una película lenta, pesada, densa, que no terminaba más. ¿Iban a suspender o no el partido? ¿Se iba a volver a jugar?

Mientras Niembro decía que alguien tenía una soldadora, incapaz de reconocer una simple estrellita, así como incapaz de mencionar a Daniel Angelici en las dos horas que duró su diatriba de filosofía barata y zapatos de goma, yo observaba que Ponzio no veía, que Funes Mori parecía tener el ojo hinchado, que Vangioni se tiraba litros y litros de agua y que Kranevitter tenía dificultades para respirar. Todo mientras Rodolfo Donofrio ingresaba  a la cancha, Arruabarrena quería pelearlo como en el barrio y un gordo impresentable de la CONMEBOL, con dedos más gordos que los sobres que se debe llevar alguna que otra vez, decidía lo que ya debía estar decidido: el partido no podía continuar.

Como en todas las cosas que marquen la temperatura futbolística, Twitter y las redes sociales fueron una caldera. “Riber sos cagón”, “Bostero no tenés aguante”, “Riber no quería jugar”, “Boca no dejó jugar”. Acusaciones cruzadas, infundadas en las sospechas de lo que había pasado, mientras 50 mil tipos, agolpados en las tribunas de La Bombonera no entendían por qué Boca y River no disputaban el segundo tiempo. En medio, un Dron con una B sobrevoló al plantel de River, en otra muestra de que todo lo que escaseó durante la noche fue el buen gusto.

Después vi cómo en una especie de escena de “a ver quién pestañea primero”: ni Boca ni River salían de la cancha. Y mucho menos juntos. El Cata Díaz quería que River saliera primero, porque si no iba a quedar que Boca entregaba las armas. Con esa lógica de guerra que siguió el ‘2’ Xeneize, y que se alimentó desde la ultraliviandad de Delfino y una eliminación reciente de Copa Sudamericana entre ambos, más un 0-5 a pocas vueltas de calendario, se vivió la previa del duelo y el durante, con pedidos desesperados de cualquier roce, con un Boca que pareció más decidido a que River no guapeara en su cancha que en salir a dar vuelta la serie. Quizás por eso, Boca no incomodó jamás a River. Quizás por eso, el plantel de Boca veía tan importante que River se fuera primero. ‘En casa mando yo’ pareció ser el mensaje, alimentado por las acusaciones de “Lights” y “tibios” que recibieron los players Xeneizes desde la prensa, los súper hinchas y el periodismo especializado tuiteril.

#JuevesALaGuerra #AserrínAserrán #DeLaBocaNOSeVan #VAmosAMatarlesElTercero y todo tipo de consignas que estaban lejos del resultado deportivo que Boca y River iban a buscar. En eso, todos somos cómplices. Los que festejamos esas consignas, los que las alentamos, los que las replicamos, los que las enarbolamos como bandera de broma y chicana. Así como en la Tribuna, en el Monumental, cantamos “que se mueran todos los bosteros” y además que lo hagan “para siempre”, en La Boca nos recibió una bandera que decía “Si Nos cagan otra vez, de la Boca no se va nadie”. Sí, son canciones. Pero algunos trastornados las pueden tomar como la “vía libre” para hacer cualquier cosa para lastimar al rival. Algún trastornado o algún hijo de puta, que no siempre está trastornado. ¿Se entiende, no?

48 horas de Locura e Incertidumbre

En esas 48 horas posteriores, el periodismo funcional a los intereses que le dictan, jugó su partido. Unos, instalando que había sido la policía, basados en un video de Julio Chiarini, que fuera de sí, puteaba a diestra y siniestra. Elaborando sospechas, armando subtítulos, jugando a ser una mezcla de Agatha Christie y Sherlock Holmes. Quizás porque cualquier cosa era mejor que asumir la realidad: lo que había pasado era culpa de alguien ligado a Boca. La hipotésis que el gas provino de adentro hacia afuera, de la policía, la echó a correr Boca y ayudaron a sostenerla algunos partidarios. Del otro lado, algunos partidarios de River ya alentaban la idea que no se debía seguir. Mientras, otros periodistas, en este reino de “Natalias Natalias” que fueron las redes sociales horas posteriores de escándalo, daban por seguro que se jugaba, en Racing o en Vélez, el fin de semana. A todo esto, ni Ponzio ni sus compañeros habían llegado a la guardia del Hospital para ser examinados.

Todo un sinsentido, todo una falta de respeto. Un viaje de 48 horas en el expreso de la locura, donde abundaron todo tipo de elucubraciones, pericias, una manga perdida en Puerto Madero y si lo que había sido arrojado era ‘gas pimienta’, ‘ácido’ o el preparado tumbero ‘mostacero‘. Opinólogos en todos lado, algunos de poquísima monta, otros hábiles manipuladores y escondedores de la información. Todos jugando para dónde más les convenía, viendo a qué molino podían arrimar más agua. El en el medio, incertidumbre.

El sábado, directamente, fue demencial. Todos esperando que @CONMEBOL_CSF anunciara la sanción a Boca, mientras en Luque, Angelici, los abogados de Torneos (los mejores jugadores de Boca en la serie) y el resto rosqueaba para bajar la pena que se esperaba durísima, mientras mentían diciendo que iban a buscar que se jugara el partido. Algo que ya se sabía imposible. El fallo era a las 14, después a las 16, más tarde a las 19 y la última hora era las 21. Sin embargo, a las 21.50, CONMEBOL dio a conocer el fallo. Y otra vez la polémica. Los de Boca, enojados por la sanción deportiva. Los de River, enojados por la leve sanción institucional. Casi nadie enojado por la patada en el culo en sí que había recibido el fútbol, mientras los seguidores de la corrupta entidad aumentaban de a miles.

Es que pareciera que no nos molesta otra cosa que no sea la que perjudique a los que usan nuestra camiseta. Y en ese caldo, donde ganar es lo único que vale, es que todos somos partícipes o cómplices. Partícipes si entonamos esas canciones en el tablón, si gritamos que “llegan Los Borrachos” o “si reverenciamos” al Jugador N°12. Ese es el lugar que nos cabe a millones. Somos partícipes cuando en lugar de encolumnarnos detrás del hecho evidente de que el partido no podía seguir, tildamos de cagones a los agredidos. Cuando en lugar de repudiar el hecho decimos “Boca se cagó” o “Boca no quería jugar”. Los que no querían jugar son los mismos que nunca ven los partidos: los barras, los punteros políticos, los que quieren sacar dividendos de nuestra pasión y a costa de la misma. De toda esa locura somos partícipes cuando no la repudiamos y somos cómplices cuando buscamos esconderla o cuando “celebramos” si ‘La 12′ o ‘Los Borrachos’ se plantaron más, si pegaron más o si tienen más aguante.

En medio de toda la locura, me sentí orgulloso de tener a Marcelo Gallardo como conductor de River. Así como en 2004 fue su locura la que casi descarrilló todo el partido, en esta oportunidad, el Muñeco fue el único que aportó paz y serenidad. No le respondió a Angelici que había acusado a River de ventajero, tampoco habló de la solidaridad nula de los jugadores de Boca, llamó a tomar consciencia (debo reconocer que yo también me pregunté, en un momento del jueves, ¿qué carajo estamos haciendo?) y, además, repudió la foto que se sacó el plantel de River gastando al de Boca. “La entiendo, pero no me pareció oportuna y se los dije”. Así, del lado de Gallardo, única voz oficial del Millo, se cortó con el fuego cruzado. Y eso era lo que había que hacer. El DT de River lo entendió, por suerte.

¿Y nosotros entenderemos algo de esto? ¿Entenderemos que las barras lejos de poner color y aliento nos perjudican? ¿Que el negocio de la pelota va más allá que la pelota en sí? ¿Reaccionaremos a tiempo para evitar que terminen de asesinar al fútbol frente a nuestras narices? ¿Lograremos salvar este maravilloso deporte o ya es muy tarde? Son preguntas que tengo en la cabeza desde el jueves a la noche y el viernes. Mientras varios más y yo pensamos esto, algún hincha de Boca tiene la trastornada idea de infiltrarse en la hinchada de Cruzeiro el jueves en el Monumental, y uno de River putea a los cuatro vientos porque “Somos River” todavía no largó el remanente de entradas…Y así, la solución parece quedar, todavía, un poco más lejos.



El artículo Partícipes o cómplices fue publicado originalmente en Rock and Ball
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