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Oscar Martínez: “Me preocupa la falta de una política de Estado en relación al cine”

│Por Laila Rott

De un tiempo a esta parte, es imposible no asociar a Oscar Martínez con una prolífica carrera cinematográfica. Sin embargo, no siempre fue así. Desde el éxito de Relatos Salvajes (2014), el actor se volvió una de las figuras más reconocidas del cine nacional, recuperando la popularidad que tuvo en la década del ’80. La felicidad en él es innegable: la continuidad en la pantalla grande era una de sus grandes asignaturas pendientes. Ahora, luego de un 2018 de mucho trabajo, le toca empezar a ver sus frutos: se estrena La misma sangre, película dirigida por Miguel Cohan que Martínez protagoniza junto a Dolores Fonzi. Es por eso que aprovechó para referirse a su gran momento profesional, el debut actoral de su hija y la situación de la cultura del país.

-Siempre dijiste que no elegís los proyectos por los personajes sino por las historias, ¿qué te atrajo de esta propuesta?
-La propuesta de Miguel me llegó en un momento en el cual yo tenía muchas. El año pasado filmé cuatro películas, debe ser un récord mundial. En ese sentido, elegí en función de la paleta que yo tenía. La misma sangre cuenta una historia dura, es un thriller oscuro y trágico. No es uno de esos personajes que producen empatía. Una vez que leí todo el guión, que estaba muy bien pensado, lo primero que hice fue reunirme con Miguel y ver qué pretendía. Ahí tomé consciencia de la totalidad del proyecto. Ahora, que la vi terminada, la película superó mis expectativas.

-¿En qué radicaba la dificultad de este personaje?
-Primero, no daba con mi perfil físico. Estaba más envejecido en la película de lo que estoy en persona. Después, la empatía de la que hablábamos antes. Es un hombre que se encuentra en un cuello de botella al que lo llevó la vida. Nunca pudo hacer nada o tuvo recursos para modificar su destino. No tiene más que obstinación y su negación. En ese sentido, tampoco es un personaje que a mí me vaya mucho.

-Recién hablábamos de que este año tenés cinco estrenos programados. Hace un par de años, nos contabas que la continuidad en el cine era un deseo insatisfecho. Fue un gran cambio de un tiempo a esta parte.
-Cambió desde Relatos Salvajes. Desde ese momento, empecé a filmar con continuidad, como mínimo dos películas por año. A partir de ese momento, el quiebre se volvió visible. Me empezaron a tener más en cuenta para hacer cine. Era algo que yo ansiaba mucho. Es más, te soy sincero: pensé que ya no iba a ocurrir, que no iba a lograr la continuidad que deseaba en el cine. Ojo, no es que no filmaba, sino que pasaban un montón de años entre cada proyecto. Por ejemplo, con El nido vacío había ganado en San Sebastián y la película había funcionado muy bien, pero después hubo seis años en que no hice nada.

-¿Por qué pensás que antes no ocurrió? Quizás eras un actor muy asociado al teatro.
-Sí, había hecho poca televisión incluso. Estaba más asociado al teatro, quizás tenga que ver con eso. Y también el cine es un ghetto en el que ingresás de golpe. De repente, entrás al circuito y empezás a estar más a mano, más presente.

-No te dejaban entrar.
-Claro, venía de otro palo como es el teatro. También había y todavía existe un prejuicio de que el actor de teatro, por más bueno que sea, no rinde bien en cine. Siempre pensé que era un prejuicio equivocado, pero funcionó durante mucho tiempo.

-Es el mismo encasillamiento que sufre el actor de televisión, al que le cuesta entrar al mundo del cine.
-Sí de alguna manera se te encasilla. Escuché mucho eso de que el actor de teatro en cine no funcionaba. También es cierto que los directores de cine rara vez van al teatro. Solo ven cine. Entonces, por ahí saben que alguien es buen actor en teatro pero no lo tienen en cuenta ni lo van a ver para darse cuenta si les sirve para una película.

-Volviendo sobre los cinco estrenos de este año, muchos los filmaste afuera. Lograste la internacionalización de tu carrera, ¿a qué lo atribuís?
-No es algo que buscaba, sino que lo soñaba, es como ganar la lotería. Eso me llegó a partir de dos cosas. Primero, al hacer cine con continuidad y que esas películas se vieron en el mundo. Y por otro lado, el premio de Venecia. Eso es una carta de presentación a la que se le da mucho valor. El único actor español que lo ganó fue Javier Bardem.

Oscar Martínez protagoniza La misma sangre junto a Dolores Fonzi.

Oscar Martínez protagoniza La misma sangre junto a Dolores Fonzi.

-Después de casi 50 años de carrera, ¿qué lugar ocupan los premios?
-Son gratificaciones. No es que uno trabaje para eso, pero existen y son bienvenidos. Ya que están, mejor si te nominan y te los dan (risas). Los premios son una forma privilegiada del reconocimiento. Es ese sentido, yo soy muy afortunado. Las estatuillas que se dan en Argentina ya las gané todas. Incluso algunas muchas veces. Pero cuando son internacionales, tienen un sabor especial porque ahí lo único que cuenta es tu trabajo. No te conocen, ni les caes bien o mal, ni saben que hiciste antes. Es únicamente el trabajo. Además, es fuera de tu ghetto, de tu lugar.

-Es imposible no preguntarte por tu hija Manuela que hace menos de un mes estrenó su primera película, Sueño Florianópolis. Se te ilumina la cara cuando la nombran, estaba destinada a ser actriz.
-Todavía no pude ver la película, estaba de vacaciones y no llegué. Lo de estar destinada es relativo. Manuela es muy polifacética: escribe, está dirigiendo su segundo cortometraje, es muy buena fotógrafa. Me sorprendió que eligiera actuar. Mi hija Victoria también es actriz. Pero nunca traté de tener la menor injerencia en lo que mis hijas decidieran hacer. Me gusta cuando las veo y noto que son buenas, pero al mismo tiempo me da miedo porque es una carrera muy dura y muy difícil, con muchos altibajos.

-Además, a veces el apellido pesa.
-Sí, a veces pesa a favor y muchas veces en contra. Pero bueno, es lo que les tocó.

-En 2017 dijiste que en el INCAA había habido corrupción, ¿cómo analizás la situación actual?
-No tengo mucha información como para hablar. Sé que es un momento complicado. Entiendo también que si lo es en todas las áreas, el cine no tiene por qué ser una excepción. Lo que siempre sentí y aún hoy me preocupa es la falta de una política de Estado en relación al cine. Aunque, de cierta manera, lo puedo entender siendo un país con tantas urgencias. Me parece una pena porque el cine hace mucho por la imagen de un país. Los estadounidenses lo saben de sobra eso. La importancia que le han dado y lo bien que les ha ido con eso. No solo en lo económico, sino también en la penetración cultural.

-¿Pensás que eso pasó siempre?
-Sí, desde que yo tengo memoria. No puedo decir que este gobierno la tuvo y otro no. El cine siempre fue algo molesto para los gobiernos, como si pensaran “bueno a esta gente hay que darle bola para que no molesten”. Nunca hubo una comprensión del fenómeno del cine como para priorizarlo.  Cuando en realidad, fijate que en la última década, el cine argentino con las limitaciones y la diferencia abismal en relación a países desarrollados, estuvo presente en los festivales más importantes del mundo. Ahora, no sé si esto es posible cambiarlo en un momento tan complicado como este.

-Pero como decís vos, el cine excede solo lo cultural.
-Exacto, me da mucha pena porque creo que el cine es importante para una nación. Acá hay mucho talento y podría ser la apertura de otro tipo de beneficios para la Argentina. Vende un país, vende turismo y una cultura. Es una lástima que no tenga prioridad desde lo cultural, que no haya una política de Estado que se mantenga, independientemente de quién sea el gobierno que gestione.



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