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Lo que tiene para dar

│Por Roberto Parrotino

depp 2Con la espalda apoyada contra el vidrio, Ezequiel escuchaba sin atención a Sergio. Alan hacía la fila para retirar el café de la promoción, con tres medialunas. En el salón de la estación de servicio, Ezequiel miraba, como casi siempre que empezaba un viaje con amigos, a una pareja. Últimamente veía a las parejas con un bebé. La impresión le afectó: primero se preguntó por qué no estaba viajando con ella y, al instante, por qué se transportaba a otro lado, a una realidad inexistente, en lugar de estar en el aquí y ahora. Alan se acercó con la bandeja. Se sentó junto a Sergio. Le preguntó si le dolía la panza o si le había vuelto a florecer la rata de caño, el que gastaba de chico sólo los billetes de dos pesos para amarrocar.

-Cuando tengo hambre, como -lo cruzó, de movida, Ezequiel, sin cambiar la postura, con las piernas estiradas sobre otro silla.

Se había subido al auto con un libro. Lo pasaba de mano en mano. Lo llevaba de aquí para allá. Ni a Sergio ni a Alan se le había ocurrido decirle que parecía un pastor. Eso se lo decía él, para reírse de sí mismo, un lema que practicaba aún hundido en sus pensamientos más profundos. Cuando Sergio le comentó a Alan el placer de manejar su auto, habituado a momias y catraminas, Ezequiel escuchó en la música de ambiente de la estación de servicio el comienzo de Midnight Rambler, de los Rolling Stone. Fue un poco más allá de los recuerdos: pensó que las letras de las canciones que, por el inglés, no lograba comprender del todo, le recorrían el cuerpo por dentro a tal punto que maceraban comportamientos y actitudes. Esa disección le dio cierta armonía, y se puso a leer.

-Vos cuando quieras que una mina te mire, ponete una remera roja, una en la que predomine un rojo bien vivo -volvió Alan con Ezequiel-. El rojo le transmite fertilidad, ganas de garchar, y más: es como que ve en vos la energía suficiente para el nacimiento de sus hijos, la Represa Yacyretá del amor, el sustento sexual necesario para las generaciones futuras.

-¿Qué decís, pelotudo? -le dijo Ezequiel, sin sacar los ojos del libro.

-Lo que escuchaste. Y ojo que es algo más que simplemente ponerla, eh. El quid de la cuestión está en la cabeza de la mina. De ahí que tenés que tener cuidado, porque no es joda eso. Mirá si…

Ezequiel apretaba los dientes más que en las noches de bruxismo. Si Alan, el pesado de Alan, la seguía con esa pelotudez, lo iba a mandar a la concha de su madre, y era muy temprano para abrir la primera interna en el viaje. Estaban a mitad de camino.

-Mirá si me pongo la musculosa roja que me compré en Río -retomó Alan-, la de Zé Pequeno, y la amiguita de Ayelén, la que no paraba de mirarme en tu casa el otro día, porque es muy mirona, se vuelve loca y no me la saco más de encima. Yo tengo una vida, una vida armada, establecida, estoy bien y contento con alguien, y mirá si la piba se me enamora, y me desenfoca de eso, del laburo, de mis asuntos, y me caga el viaje a Europa, la libertad, digamos, mirá si me rompe los huevos con mil mensajes por día, si me hincha para que haga un festejo por una boludés, porque, ponele, cambié el auto, como a este -Alan señaló a Sergio-; mirá si, en definitiva, no me deja vivir. Por eso tenés que tener cuidado ya no con ponerte una remera, sino un slip rojo.

Todo eso, Gordo Alan de mi vida, es lo que querés, pensó Ezequiel.

Sin embargo, no era planeado lo de Alan: era así, auténtico en esencia, y por eso era su amigo. Ezequiel le dijo a Sergio, como si fuera una orden, que se armara un porro para la ruta en vez de chichonear con el celular. Y le preguntó a Alan.

-¿Por qué carajo me contás la teoría de la remera roja?

-Por lo de Ayiu -dijo, desentendido, y arengó a Sergio con el armado.

Ezequiel caviló. Bajó los pies de la silla, agachó la cabeza y salió como un boxeador del rincón.

-Las flacas son bravas -dijo al aire, siempre con esa fingida solemnidad, impostando más que el sonido de las cuatro palabras, ante todo elegante, porque se había juramentado que era lo último que perdería en la vida-. Y, Gordo, cada uno es lo que tiene para dar.

-¿Sabés lo que pasa? -retrucó Alan, cambiando de tono, lejos del divague -. Vos no te enamorás: vos te enfermás.

Ezequiel se levantó con una carcajada. Se tiró hacia atrás la parte de la bufanda que le colgaba y se enroscó el cuello. Le guiñó un ojo. Se acercó al mostrador, compró unas mogul y salió. Se puso la capucha de la campera. Comió la mitad del paquete. Las medias cortitas le dejaban pasar el viento. Fue hasta un cuadrado de pasto con un cartel: “Sector fumadores”. Prendió un cigarrillo, porque volvía a fumar durante los viajes.

Esta vez, Ezequiel miró sin ver: a los autos con las luces que encandilaban, a los surtidores, a los playeros que cargaban nafta, a las personas que iban y venían con el termo para el mate, a las que corrían hacia el baño, a las parejas. A todo.

Cuando volvió, Sergio y Alan ojeaban las páginas de Deportes del diario. Sergi le dijo al Gordo si la B Nacional le interesaba tanto desde 2011 o desde siempre. Alan resopló como respuesta. Como gallina. Ezequiel aprovechó. Abrió el libro en las páginas en que el lápiz hacía de señalador.

Leyó un párrafo. Página 121, El palacio de la luna, de Paul Auster.

“No estoy hablando solamente de sexualidad ni de las permutaciones del deseo, sino de un espectacular derrumbe de muros interiores, de un terremoto en el corazón de mi soledad. Me había acostumbrado de tal modo a estar solo que no creí que algo semejante pudiera ocurrirme. Me había resignado a cierta clase de vida y luego, por razones totalmente oscuras para mí, aquella preciosa muchacha china había caído ante mí, descendiendo de otro mundo como un ángel”.

Lo subrayó. Después, lo marcó a un costado con ondas, marcas incompresibles para la psiquis de cualquier otro humano. Y lo remarcó, punzando el límite de agujerear la hoja.

Cuando levantó la cabeza, sus amigos ya estaban afuera, yendo al auto. Agarró una gaseosa de limón y tres alfajores triples de chocolate. Alan era un depredador de dulces, y a Sergio le bajaba la presión a menudo después de fumar. Él lo necesitaba.

Cuando cruzó la puerta, sintió que era hora de poner un punto con Ayelén.

Se subió atrás. Sergio puso primera.

-Tomá, Gordo, para el postre.

Sin darse vuelta, Alan colocó la palma de la mano izquierda. Ezequiel le depositó el alfajor y notó en la muñeca dos cintas bebé como pulseras.

-¿Por qué la violeta? -le preguntó, dándole un tironcito.

Alan lo miró por el espejo retrovisor.

-Por si falla la roja.



El artículo Lo que tiene para dar fue publicado originalmente en Wing
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