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Leé el primer capítulo de “La muerte de Bunny Munro”, de Nick Cave

La reedición de la novela del australiano llegará a las librerías argentinas en octubre.

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La muerte de Bunny Munro, la segunda novela de Nick Cave, apenas circuló por la Argentina en el momento de su publicación original, pero aprovechando la llegada del australiano, la editorial Malpaso la reeditará en octubre. Antes, podés leer acá el comienzo de esta historia sobre un tipo que “huye épicamente del amor y la intimidad”, según su autor.

***

“Estoy perdido”, piensa Bunny Munro en un repentino instante de lucidez reservado a quienes tienen las horas contadas. Siente que en algún punto ha cometido un grave error, pero la idea pasa de largo como una horrible exhalación y se esfuma dejándolo en paños menores y en su cuarto del hotel Grenville con nada más que él mismo y sus apetitos. Cierra los ojos y se imagina una vagina cualquiera, luego se sienta al borde de la cama y, a cámara lenta, se reclina contra el cabezal acolchado. Sujeta el teléfono móvil bajo la barbilla y con los dientes rasga el precinto de un botellín de brandi. Se mete el botellín entre pecho y espalda, lo arroja al otro lado de la habitación, se estremece y nota una arcada.
—No te preocupes, amor, todo va a salir bien —le dice al teléfono.
—Tengo miedo, Bunny —dice Libby, su esposa.
—¿De qué tienes miedo? No hay nada que temer.
—De todo, tengo miedo de todo.
Bunny advierte que algo ha cambiado en la voz de su mujer, el dulce chelo se ha desvanecido y suena un violín estridente tocado por un mono en fuga o algo así. Lo percibe, pero aún debe comprender qué significa exactamente.
—No hables así, sabes que eso no lleva a ninguna parte —dice Bunny; después chupa ávidamente un Lambert & Butler como si fuera un acto amoroso; es entonces cuando lo capta (el babuino al violín, la inconsolable espiral descendente de su deriva) y suelta un «¡hostia!» mientras expele dos feroces colmillos de humo por la nariz.
—¿Te estás tomando el Tegretol? ¡Libby, no me digas que has dejado de tomarlo!
Hay silencio al otro extremo de la línea, luego un sollozo lejano y roto.
—Tu padre ha vuelto a llamar. No sé que decirle, no sé qué quiere. Me grita, desvaría —dice ella.
—Por Dios, Libby, ya sabes lo que ha dicho el médico: si no tomas la medicación te deprimes. Y sabes bien que eso es muy peligroso para ti. ¿Cuántas putas veces tenemos que volver a lo mismo?
El sollozo se redobla para redoblarse otra vez hasta acabar convertido en un suave llanto desolado. Le recuerda a Bunny la primera noche que pasaron juntos: Libby entre sus brazos atenazada por una llorera inexplicable en un hotel infecto de Eastbourne. La recuerda mirándolo mientras decía «lo siento, a veces me pongo un poco sentimental» o algo así. Bunny se aprieta la entrepierna con el pulpejo de la mano disparándose pálpitos de placer en el bajo espinazo.
—Tómate el puto Tegretol —dice con más delicadeza.
—Tengo miedo, Bun. Hay un tipo por ahí que va atacando a mujeres.
—¿Qué tipo?
—Se pinta la cara de rojo y lleva unos cuernos de plástico.
—¿Qué?
—Por el norte, lo dice la tele.
Bunny agarra el mando a distancia de la mesilla y tras varios amagos enciende el televisor que descansa sobre el minibar. Quita el volumen y se desplaza por los canales hasta dar con una filmación en blanco y negro registrada por una cámara de seguridad en un centro comercial de Newcastle. Un hombre con el pecho descubierto y pantalones de chándal se abre paso entre una multitud de compradores aterrados. Su boca abierta emite un aullido sordo. Parece llevar unos cuernos de diablo y blande un enorme palo negro.
Bunny maldice entre dientes y en ese momento toda su energía, sexual o no, lo abandona. Lanza el mando contra la tele, que se apaga con un susurro efervescente. Bunny echa la cabeza hacia atrás y contempla en el techo una mancha de humedad con forma de campanilla o de busto femenino.
En algún lugar periférico de su conciencia percibe un gorjeo maníaco, un zumbido de furiosa protesta horrendamente eléctrico, pero no lo reconoce. Solo oye a su mujer, que le dice:
—Bunny, ¿estás ahí?
—Libby, ¿dónde estás?
—En la cama.
Bunny mira su reloj y se restriega las manos, pero no puede centrarse.
—Santo Dios. ¿Dónde está Bunny Júnior?
—En su cuarto, supongo.
—Oye, Libby, si vuelve a llamar mi padre…
—Lleva un tridente —dice su esposa.
—¿Qué?
—Un bieldo.
—¿Qué? ¿Quién?
—El tipo del norte.
Bunny se da cuenta entonces de que el pitido chillón viene de fuera. Lo oye ahora sobre el bombeo del aire acondicionado y es lo bastante apocalíptico para despertarle un poco de curiosidad. Pero no mucha.
La mancha de humedad se dilata, cambia de forma (un seno más grande, una nalga, una rodilla cautivadora) y aparece una gotita que se alarga y tiembla, se desprende del cielo raso, se precipita en caída libre y estalla en el pecho de Bunny. Este se la sacude como si viviera un sueño.
—Libby, nena, ¿dónde vivimos? —pregunta.
—En Brighton.
—¿Y dónde está Brighton? —pregunta él paseando un dedo sobre la hilera de botellines de licor dispuesta sobre la mesilla de noche; elige uno de Smirnoff.
—En el sur.
—Que está tan lejos de ese «norte» como se puede estar sin caerse al puto mar. Bueno, cariño, apaga la tele, tómate el Tegretol, tómate un somnífero (¡mierda!, tómate dos), estaré de vuelta mañana. Temprano.
—El muelle está ardiendo —dice Libby.
—¿Qué?
—El muelle oeste está ardiendo. Se huele el humo desde aquí.
—¿El muelle oeste?
Bunny se atiza el botellín de vodka, enciende otro cigarrillo y se levanta de la cama. La habitación cabecea y Bunny percibe de golpe que está muy borracho. Con los brazos extendidos y de puntillas camina como levitando hacia la ventana. Se tambalea,tropieza y tarzanea con las ajadas cortinas de baratillo hasta recobrar el equilibrio. Cuando abre las cortinas con gesto estrafalario, una luz vulcanizada y la algarabía de los pájaros trastornan la habitación. Las pupilas de Bunny se contraen dolorosamente mientras hace una mueca para enfrentarse a la luz que irrumpe por la ventana. Ve un nubarrón de estorninos cotorreando alocadamente sobre la mole ardiente y humeante del muelle oeste, que se yergue, indefenso, en el mar frente al hotel. Se pregunta por qué no lo había visto antes y se pregunta cuánto tiempo ha estado en aquella habitación, luego se acuerda de su esposa y la oye decir “Bunny, ¿estás ahí?”.
—Sí —dice Bunny paralizado por la visión del muelle en llamas y de miles de pájaros chillones.
—Los estorninos se han vuelto locos. ¡Qué cosa más horrible! Sus crías ardiendo en los nidos. No lo soporto, Bun —dice Libby con el violín aún más subido de tono.
Bunny regresa a la cama y oye a su esposa llorar al otro extremo del hilo. Diez años, piensa, diez años y esas lágrimas todavía pueden con él… esos ojos turquesa, ese dichoso coño, ¡ay, Dios!, y ese insondable sollozo. Se reclina contra el cabezal y se palpa, simiesco, los genitales.
—Regresaré mañana temprano —dice.
—¿Me quieres, Bun? —pregunta Libby.
—Ya sabes que sí.
—¿Lo juras por tu vida?
—Por Dios bendito y por todos los santos, y por abajo hasta tus zapatitos, nena.
—¿Puedes venir esta noche?
—Lo haría si pudiera —dice Bunny hurgando por la cama en busca de sus cigarrillos—, pero estoy a muchos kilómetros.
—Oh, Bunny… mentiroso de mierda… Se corta la comunicación.
—¿Libby? ¿Lib? —dice Bunny.
Mira desconcertado el teléfono como si acabara de descubrir que lo está sosteniendo y luego lo cierra como una concha justo cuando otra gota estalla en su pecho. Bunny forma una pequeña o con la boca y se introduce un cigarrillo. Lo prende con el Zippo y aspira profundamente; luego emite un aquilatado chorro de humo gris.
—Cariño, tienes las manos llenas.
Bunny vuelve la cabeza con gran esfuerzo y observa a la prostituta que está de pie en la puerta del baño. Sus fosforescentes bragas rosas presionan contra la piel chocolate. Se rasca las trencitas africanas y una loncha de piel naranja asoma tras su belfo drogadicto. Bunny piensa que sus pezones parecen los detonadores de esas minas que flotaban en el mar para reventar barcos durante la guerra o algo así. Casi se lo cuenta, pero lo olvida y da otra calada al cigarrillo.
—Era mi mujer, padece depresiones —dice Bunny.
—No es la única, mi vida —dice ella mientras se contonea sobre la marchita alfombra Axminster con la sensacional punta de su lengua proyectándose rosácea entre los labios; después se arrodilla y se introduce la polla de Bunny en la boca.
—Ya, pero es un caso clínico; está bajo medicación.
—Ella y yo, chato —le dice la chica desde el otro lado de su barriga.
Bunny parece considerar la posibilidad de una respuesta mientras maniobra con sus caderas. Una mano negra y flácida reposa sobre su vientre y, cuando mira hacia abajo, Bunny repara en que cada uña cuenta con una minuciosa representación pintada del ocaso tropical.
—A veces la cosa se pone fea —dice él.
—Claro, nene, es que te deja con el corazón en un puño —dice ella, pero Bunny apenas lo oye porque su voz es un graznido apagado e incomprensible; la mano salta bruscamente sobre su estómago.
—¿Oye? ¿Qué? —dice tragando aire entre dientes.
Jadea y de pronto surge de nuevo, estallando desde su corazón, el pensamiento terminal: «Estoy perdido». Dobla un brazo sobre sus ojos y se arquea levemente.
—¿Te encuentras bien, querido? —pregunta la prostituta.
—Creo que la bañera de arriba está rebosando —dice Bunny.
—Ahora tranquilo, nene.
La chica alza la vista y mira fugazmente a Bunny. Este trata de hallar el centro de sus ojos negros, el pinchazo revelador de sus pupilas, pero la mirada pierde su propósito y se le nubla. Entonces coloca una mano sobre la cabeza de la chica y nota el húmedo lustre de su nuca.
—Ahora tranquilo, nene —repite ella.
—Llámame Bunny —dice él, y ve otra gotita de agua que se estremece en el techo.
—Te llamo como quieras, amor.
Bunny cierra los ojos y aprisiona las toscas sogas de su pelo. Siente la tenue explosión de agua sobre su pecho como un sollozo.
—No, llámame Bunny —murmura.



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