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“Johnny Cash at Folsom Prison”: 50 años de un disco inoxidable

│Por Roque Casciero

“Hello, I’m Johnny Cash“. La explosión del público que le sigue a la simple frase introductoria pone en marcha la locomotora de “Folsom Prison Blues”, la primera canción que compuso el nativo de Arkansas en su vida, y la que a comienzos de 1968 lo llevó hasta esa cárcel californiana. Allí no sólo grabó uno de los mejores discos en vivo de la historia, sino que además logró reencauzar su carrera, amenazada tanto por su propio comportamiento como por un cambio de era que había reemplazado a los héroes de antaño por otros como Bob Dylan y The Beatles.

Medio siglo después de su publicación, Johnny Cash at Folsom Prison continúa transmitiendo la empatía entre el cantante y su público, compuesto por dos mil presos y guardias, y consolidando la leyenda del “fuera de la ley” redimido que podía hablarle de igual a igual a cualquier persona y tocar sus fibras íntimas como nadie. Aparecido en mayo de 1968, el álbum fue el sueño cumplido de Cash, quien quería grabar en una cárcel desde la primera vez que había tocado en la de Huntsville, 11 años antes. Y también material de leyenda por todo lo que rodeó a la grabación y la publicación del disco. No en vano la exitosa biopic Johnny & June comienza con el personaje interpretado por Joaquin Phoenix en los camarines improvisados de la prisión…

Para 1968, la carrera de Johnny Cash parecía estancada: sus grandes hits en el sello Sun (el mismo de Elvis Presley) y su paso a la poderosa Columbia habían quedado diluidos ante el ascenso de una nueva generación de rockeros y músicos country. Y el comportamiento del propio cantante tampoco había ayudado, su adicción a las anfetaminas, sus noches pasadas en comisarías y sus frecuentes accidentes de tránsito (incluido uno… con un tractor) habían hecho que perdiera el foco en sus discos. Para colmo, su matrimonio con Vivian Liberto estaba terminado y su romance con June Carter era el blanco de los puritanos. Entonces decidió insistir con su vieja idea de grabar en una cárcel.

El contexto dentro de Columbia también había cambiado: ya no estaba a cargo el histórico Goddard Lieberson sino un joven empresario -sin demasiado conocimiento de música- llamado Clive Davis. Y aunque este también se resistía a la idea de que Cash grabara en una cárcel, el músico encontró un aliado en el productor Bob Johnston. El hombre tenía sus pergaminos. Había estado tras la consola en Highway 61 Revisited , Blonde on Blonde y John Wesley Harding (Bob Dylan), y Sounds of Silence (Simon & Garfunkel). Como suma de casualidades, el sello lo había enviado a Nashville con la idea de revitalizar a sus artistas country.

“Johnny entró por la puerta de atrás un día con un tipo negro que resultó ser el de la limpieza, se sentó frente a mi escritorio y me dijo: ‘Bueno, siempre he querido grabar un disco en una prisión y durante ocho años nadie me dejó, y no creo que vos tampoco vayas a hacerlo’”, recordó Johnston en 2003 para la revista Mojo. “Yo le dije ‘¿Sí?’. Y tomé el teléfono y llamé a Folsom y a San Quentin, pero me comuniqué primero con Folsom. Conseguí al alcaide Duffy, le pasé el teléfono a Johnny y me fui”. En el texto que Cash escribió en la contratapa del disco, reconoció la importancia del productor: “Bob Johnston me creyó cuando le dije que una prisión sería el lugar para grabar un álbum en vivo”.

Entre Dios y las anfetaminas

El permiso para poder grabar dentro de las grises paredes de Folsom apareció gracias a los buenos oficios del reverendo Floyd Gressett, quien visitaba una vez por mes a los internos y conocía a las autoridades. “No creo que nadie en el mundo hubiese podido hacerlo excepto Johnny Cash”, reflexionó Johnston sobre la grabación. “Si hubiese llamado (a Folsom) con Elvis Presley o cualquier otro, me habrían dicho ‘No, gracias’, pero había algo que conectaba muy bien a Johnny con los presos, con los guardias y con todos“.

“Todavía estaba muy fresco en eso de subirme a un escenario frente al público sin el torrente sanguíneo lleno de drogas, pero una vez que estuvimos ahí, fue un buen show”, escribió el cantante en su autobiografía. Sin embargo, aunque Cash venía de pasar una temporada en la clínica de rehabilitación Betty Ford, no había dejado del todo las anfetaminas, según contó el bajista Marshall Grant en Johnny Cash – The Biography, de Michael Streissguth. De hecho, las tomó antes de subir al escenario montado en el comedor de Folsom.

A las 6 de la mañana del 13 de enero de 1968, un colectivo frenó frente a los portones de la prisión de Folsom. De allí bajaron Johnny Cash y sus compañeros de ruta: Mother Maybelle y las Carter Sisters (la familia de June), The Statler Brothers, Carl y Luther Perkins, Grant y W.S. Holland, más Johnston, el reverendo Gressett, el fotógrafo Jim Marshall y el periodista Robert Hillburn. “Yo trataba de conseguir un trabajo en el L.A. Times escribiendo notas freelance”, recordó el cronista cuando lanzó su biografía del cantante. “El editor de espectáculos me dijo ‘Traeme algunas ideas para notas’. Vi que Cash iba a tocar en la prisión de Folsom. La idea de que el hombre que había escrito ‘Folsom Prison Blues’ fuera a cantarla en la prisión de Folsom, pensé, era imbatible. Pero alguien en el diario dijo ‘No, no queremos darle nada de espacio a ese drogadicto’. Él había sido arrestado en El Paso por contrabandear casi 1000 pastillas (de México) y había salido su foto esposado en los diarios. Ésa era su imagen en ese momento”.

Maté a un hombre en Reno

El saludo inicial, que luego fue la marca registrada de Cash hasta su muerte en 2003, estuvo a punto de no suceder: había un presentador -al que se escucha varias veces en el disco- que quería hacer su trabajo. Pero primó la idea de Johnston, quien le pidió a los presos que guardaran silencio hasta después de la frase del cantante. Fue también idea de la producción, según Streissguth, agregar un grito de aprobación después de la frase “Maté a un hombre en Reno / sólo para verlo morir” en “Folsom Prison Blues”. Y aunque el golpe de efecto pone la piel de gallina medio siglo más tarde, lo cierto es que todo el disco conserva la calentura y la sensación de peligro de aquel nublado sábado de 1968.

Ese día, Cash hizo dos shows, de los que se sacaron las 16 canciones que fueron a parar al disco (sólo dos fueron del segundo recital). Lejos del “grandes éxitos”, el cantante puso especial énfasis en conectar con su público, al que había decidido “no juzgar” mientras tocaba. “Para mí, estaban ahí porque estaban ahí y eran seres humanos”, dijo en Mojo. En los sets incluyó canciones sobre pasar tiempo encarcelado (“Folsom Prison Blues”, “Send a Picture of Mother”), otras que parecían referirse al tema aunque hablaran sobre otra clase de confinamiento (“Dark as a Dungeon”, “I Still Miss Someone”), sobre recibir la pena de muerte (“25 Minutes to Go”) y sobre drogas (“Cocaine Blues”), pero también hizo un par de canciones de amor junto a June (“Jackson” y “Give My Love to Rose”) y aligeró el ambiente con un poco de humor (“Flushed from the Bathroom of Your Hear”).

Si el comienzo del álbum es icónico, no lo es menos su final. “Greystone Chapel” era una canción reciente, salida de la pluma de Glen Sherley, uno de los presos confinados en Folsom. Unas semanas antes del show, el reverendo Gressett le había hecho llegar el tema a Cash, que ensayaba en Sacramento. Para los presos, que el cantante la adoptara era la manera de amplificar su voz, el modo de que el mundo supiera de sus penurias a través de una estrella de la música. El aplauso más fuerte de aquella mañana de enero fue para “Greystone Chapel”.

Material de leyenda

Los guardias vigilaban detrás de sus anteojos oscuros, con sus armas cargadas, mientras los presos conectaban con cada palabra y cada gesto de Johnny Cash. “Vas a sentir la electricidad y sentir las pulsaciones individuales de dos mil corazones en hombres que tuvieron en suspenso sus corazones, pero también sus mentes, sus sistemas nerviosos y sus almas. Escuchá los sonidos de los hombres, de los convictos, todos hermanos míos, con el ‘Folsom Prison Blues’”, escribió a mano el cantante en la contratapa del disco.

Ese texto, al igual que la foto de la tapa, ayudaron a cimentar la leyenda de que el propio Cash era un expresidiario y que por eso comprendía como nadie lo que significaba la pérdida de la libertad. Las gotas de transpiración sobre un rostro cruzado por una cicatriz eran la imagen del rebelde, aunque la marca hubiese venido de una operación dental fallida. Y la campaña de marketing de Columbia, más las notas en publicaciones rockeras y tradicionales, redondearon la idea de un “fuera de la ley” que había encontrado el buen camino y había vuelto a cantarle a los suyos.

Johnny Cash at Folsom Prison llegó al número 1 en el chart country, relanzó la carrera del cantante -que unos años más tarde hizo su programa de televisión por ABC- y lleva vendidos más de tres millones de copias en Estados Unidos. Sony Music, que compró Columbia, lanzó primero una versión expandida del disco y más tarde una “Legacy Edition” con los dos shows completos. Entre la grabación y la publicación del álbum, además, Johnny Cash y June Carter se casaron en Franklin, Kentucky. Y al año siguiente, el músico volvió a presentarse en una prisión, San Quentin, donde registró otro disco en vivo notable.

Rebeldía, peligro, criminales, música, redención, compañerismo: el material de un repertorio construido por un tipo duro con el corazón abierto. Es por eso que toda la leyenda que rodea At Folsom Prison parece salida de una canción de… Johnny Cash. Y como una de sus creaciones, tiene arreglos de forma y contenido, pero el nudo de la historia no ha sido alterado. Él mismo lo dice en la contratapa: “Escuchá cuidadosamente este disco y vas a escuchar en el fondo el sonido metálico de las puertas, los agudos de los silbatos, el grito de los hombres… incluso las carcajadas de hombres que habían olvidado cómo reírse”.

Todo eso está, de algún modo, contenido en ese disco grabado hace medio siglo. Desde “Folsom Prison Blues”, compuesta por Cash durante su tiempo en la armada en Alemania, hasta “Greystone Chapel”, escrita en las entrañas mismas de la cárcel donde se registró, el álbum es, aún hoy, un tour de force que condensa nervios, ansiedades, peligro y un puñado de canciones honestas, brillantes en su simpleza y su profundidad. Y con un acierto final: un anuncio para los presos los devuelve a la rutina carcelaria, a esa de la cual la música se había hecho liberación. Pero para regresar a esa sensación no hace falta más que contener el aliento hasta que una voz grave, única e inmortal diga “Hello, I’m Johnny Cash”.



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