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Joaquín Furriel y Luciano Cáceres: “En Argentina el actor tiene que hacer de todo para poder vivir”

│Por Laila Rott

Flores y Adrogué. Dos tipos de barrio. Hombres que recorrieron un largo camino por el under antes de consagrarse en el mainstream. Actores que saben transitar desprejuiciadamente (al menos, ahora) el camino que va entre ambos extremos de la cultura y destacarse en los tres grandes medios. Luciano Cáceres y Joaquín Furriel se reúnen en El hijo, la nueva película de Sebastián Schindel. Una charla de amigos, y entre amigos sobre la situación de la cultura, la televisión y hasta sus hijas.

-¿Cómo les llega el proyecto y cómo lo definirían?
-LC:
 A mí me llegó por el director. Sebastián. Me llamó que estaba con el nuevo proyecto y, después de haber visto El Patrón, tenía muchas ganas de trabajar con él. Además, estaba Joaquín, que es un actor que admiro, que quiero y que conozco desde hace un montón de años. Cuando leí el guión ni lo dudé. Mi rol es una participación acotada, pero con un arco muy claro, que acompaña cuando tiene que acompañar y se planta cuando cree que es necesario. Tiene una vida muy dada, le va muy bien, pero a la vez está la angustia por esta paternidad que no puede concretar con el personaje de Martina Guzmán.
-JF: En mi caso, el proyecto me llegó en el momento justo en que tenía un descanso de dos meses entre una película y otra. Cuando Sebastián me la propuso, leí el guión y decidí que entre descansar o hacer este proyecto, priorizaba participar de El hijo porque tenía muchas ganas de trabajar con él de nuevo. En cuanto a la segunda parte de la pregunta, es un thriller psicológico y en ese sentido, inclusive la gente que le gusta el terror va a disfrutarla porque es una película de género. Hay un espacio de invitación para todos los gustos.

-En este caso, además, vuelven a trabajar juntos después de lo que fue Señores Papis Cien años de perdón. Esta vez, en un clima un poco más tenso y con menos toques cómicos.
-LC:
 Eso son cuestiones de los géneros, pero el oficio es siempre el mismo. Además, uno comparte mucho el afuera y los tiempos de espera. Joaquín es un actor que admiro, que quiero mucho como persona y que me encanta encontrármelo. Nos divertimos muchos laburando juntos. Por ahí, es verdad que en este caso, nos tocó un proyecto un poco más oscuro.
-JF: Para mí, trabajar con él siempre es un placer. Lo conozco y lo quiero mucho. Es un actorazo y me resulta fácil laburar juntos. No tenemos que construir un vínculo porque ya lo tenemos de antemano. Con vernos ya nos entendemos y estamos en situación. Algo parecido me pasó con Martina que justo veníamos de hacer La quietud y pudimos replicar la buena onda que se había generado ahí.

-Son dos actores que pudieron destacarse tanto en el under como en el mainstream. Algo utópico. ¿Sigue siendo el under lo que más los apasiona?
-LC:
 No necesariamente. Pero sí es un lugar de pertenencia que me permite hacer otros proyectos más creativos o con otro tipo de riesgo que desde lo comercial no funcionarían o no le interesarían a las masas. Es un lugar que me permite experimentar. También tiene que ver con mi origen, donde me formé. Entonces, no lo abandono y, por suerte, tampoco me abandonan a mí en esos espacios. Me siguen convocando y si las agendas dan, siempre estoy participando.

-En el caso de Joaquín el paso fue más desprejuiciado. En cambio, Luciano en tu formación lo mainstream era algo así como prostituirse, ¿puede ser?
-LC:
 Me formé con Alejandra Boero y ella hablaba de la televisión y el teatro comercial como un lugar donde uno casi se prostituía porque nuestra formación era más social, más política. Pero bueno, ella con el tiempo me llevó a ver una obra comercial y hubo un reencuentro donde dijo que estaba bueno que actores con su formación empiecen a ocupar otros espacios, otros ámbitos. Uno relaciona la formación y el oficio cuando hace. Uno es actor cuando actúa. 
-JF: En mi caso siempre fue desprejuiciado, desde muy chico. Pero que algo gustara como espectador no significaba que me dieran ganas de actuarlo. El teatro me gustaba porque formaba parte de la gente que lo estudiaba, pero a la hora de trabajar prefería estar en proyectos dirigidos a personas que no necesariamente vieran teatro. No quería estar en una zona tan elitista.

-Bueno siempre decís que no querés formar parte de un guetto de artistas.
-JF:
 Creo que hay gente que trabaja para ser reconocida por la gente del ambiente. Son como fenómenos de gente que se ve a sí misma y se tiran flores. A mí nunca me interesó. Yo vivo y trabajo para el público. No vivo de los actores, actrices, directores, escritores o productores. El que siempre termina acompañando lo que está pasando es el público. Sobre todo en teatro y en cine que es un público activo y voluntarioso. En la televisión los actores somos gratuitos porque la televisión de aire está siempre disponible para el espectador.

-Por otro lado, los dos lograron destacarse en cine, teatro y televisión. Muchas veces hay barreras que no permiten que el paso sea sencillo.
-LC:
 Sí, por suerte. A veces, el resto tiene muchos prejuicios. Yo por lo menos no los tengo. Pero está este mito de que, por ejemplo, si hacés una comedia en televisión, no podés hacer un drama. Siempre me ocupo de seguir eligiendo cosas distintas para probarme a mí como actor, no aburrirme e ir laburando los distintos géneros. En eso es clave la formación porque te da un montón de conocimiento y descubrir que ya hay otros que pensaron estas cosas antes que vos.
-JF: El eclecticismo no es una posibilidad que viene porque sí. Hay que estudiar y estar preparado para poder resolver diferentes campos laborales. Si, por ejemplo, nosotros tuvierámos una industria buena de cine, quizás habría actores que harían sólo cine. Lo mismo ocurriría en el caso de un teatro firme o una televisión muy poderosa. Pero en Argentina, el actor tiene que hacer de todo para poder vivir. Hay actores que trabajamos en televisión, cine y teatro y no nos podemos preguntar en qué nos queremos especializar. Quizás, mi formación académica, mis inquietudes y mi deseo hicieron que pudiera ir moviéndome por diferentes lugares con bastante comodidad.

En El hijo, Luciano y Joaquín están acompañados por Martina Guzmán.

En El hijo, Luciano y Joaquín están acompañados por Martina Guzmán.

-La televisión suele ser el medio que más encasilla, y ustedes dos han trabajado de galán. ¿En algún momento pesó ese mote?
-LC:
 Yo hice poco de galán. Pero para mí es un rol muy complejo por su inactividad. Me gustan más los roles de villanos porque son los que hacen. El bueno siempre es el que recibe. Tiene que padecer hasta que en un momento en el cierre de la historia va a tomar la acción. Pero no pesa para nada. Aparte, mirame lo que soy. No es que trabaje de bonito.
-JF: En mi caso, si me lo siguen diciendo lo agradezco. No me llaman más para estas cosas, estoy preocupado (risas). Pero volviendo a la pregunta, no pesa ni cierra puertas para nada. Al contrario, te las abre. Al menos a mí me las abrió. Por ejemplo, una sala como la Martín Coronado donde estoy haciendo Hamlet tiene capacidad para 1000 espectadores y tenés que tener una amplitud de público muy generosa para llenarla. En eso, la televisión te permite llegar a niveles socioculturales que generalmente no tienen acceso al cine o al teatro. Eso es lo que yo siempre valoré. Además, tuve la posibilidad de trabajar en programas muy buenos con personajes que me gustaron mucho.

-Ambos tienen dos hijas con madres actrices. En caso de que la sangre tire, ¿qué les dirían que es lo mejor y lo peor del medio?
-LC:
 A mi hija le noto una veta artística, está muy conectada con eso. Para el día del niño me dijo ‘quiero una máquina de escribir para escribirte obras para que vos dirijas, papá’. Pero lo mejor que le puedo decir es que se forme. La acompañaría a que lo haga obviamente. Después, es como todos los ámbitos. Lo mejor y lo peor que tiene esto es que te vas a encontrar con buenos y malos compañeros, con gente chanta y gente que no. Además, si vos pensás esto como el triunfo, estás perdido. Nadie te asegura los éxitos y si ponés la energía ahí seguramente no te va a salir. Tampoco lo pensaría como una carrera, nadie me corre y no hay un lugar al que quiera llegar primero o segundo. A veces, voy muy rápido para una dirección, después voy exactamente para el otro lado.
-JF: No, yo tampoco le diría mucho. Que lo descubra sola porque cada experiencia es única. Sino de alguna manera le estaría marcando un caminito. Si me dice que quiere dedicarse a esto, le diría “bueno, perfecto” y calladito la boca. Que haga su propio recorrido y se ponga los palos que se tenga que pegar, si es que se tiene que pegar alguno. Para mí es así.

-¿Cómo evalúan el momento actual de la cultura?
-LC:
 Es un momento de crisis para todos. Obviamente el poder adquisitivo de la gente bajó y también los presupuestos para cultura. Pero dentro de la crisis total, habiendo gente que no puede llegar a fin de mes, que no puede comprar comida, sería poco serio que te hable solo de nuestra realidad y te diga que el entretenimiento está en crisis. Que yo me queje de que la gente va menos al teatro… también va menos al supermercado, no puede pagar las prepagas. Obviamente la cultura es necesaria pero hay como grados prioritarios de necesidades básicas que no se están abasteciendo. No quiero quedar como alguien que se queja de que no está funcionando el teatro cuando hay otro montón de cosas que tampoco están funcionando.

-Por último: a casi veinte años, ¿qué recordás Luciano de tu trabajo como kiosquero y electricista; y vos Joaquín, de tu pasado como Papá Noel?
-LC:
 Son oficios, laburos que uno ha hecho. Justo el otro día se cumplieron 90 años de la abuela de mi amigo de toda la vida. En un momento en que yo estaba sin laburo, tenían un kiosco y me dejaron trabajar ahí. Al mismo tiempo tenía mi sala independiente y eso me daba lo necesario para mantenerla. He pasado por muchos oficios y changas para tener mi guita y poder desarrollar mi oficio. Como todo el mundo, nada particular. Es muy difícil que alguien pueda vivir de lo que desea tan prontamente. Gracias a eso, por ejemplo, sé hacer una casa desde cero.
-JF: En mi caso, lo único que te puedo decir de mi experiencia es que ahí me di cuenta de lo ridículo que es Papá Noel vestido con 35 grados como si estuviera en el Polo Norte. Es la estupidez más grande. Cuando te preguntás por el imperialismo cultural, es eso. Que en Buenos Aires, con un calor de morirse en diciembre, comamos garrapiñadas y pelotudeces como si hiciese un frío espantoso… a eso sumarle el tener que disfrazarse de Papá Noel con botas y todo ese traje caluroso. Es un horror, basta. Inventemos nuestro propio Papá Noel.

-¿Ya sabe tu hija tu pasado navideño?
-JF: 
No, hay cosas que mejor que los hijos no sepan de uno (risas).



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