rugby

Historia de Verano

│Por Daniel Dionisi

Una mañana fría, un  partido entre universitarios desganados y una sorpresa. Los ingredientes de otro relato verdadero. Otra historia de verano.

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FILOSOFÍA, LETRAS… ¡y RUGBY!

La primavera no se había dado por enterada. Aunque octubre ya se despedía, la baja temperatura castigaba y costaba distinguir si el frío que venía del río helaba más adentro o afuera de ese vestuario inhóspito. Domingo a las nueve de la mañana en la Ciudad Universitaria no parecía ser el programa ideal, sobre todo si la noche sabatina se había estirado hasta el amanecer. La conversación de los jugadores en la previa al partido tampoco ayudaba a ponerle calor a la mañana. Nadie hablaba del Test entre Los Pumas y los All Blacks del día anterior. No se escuchaba referencia alguna a Graham Mourie o a Andy Haden. Otros apellidos llenaban la boca de esos jóvenes que se ataban los botines antes de salir a la cancha. Ellos hablaban de Althusser, de Heidegger, de Kant.

¿En qué equipo jugarán los tipos que nombra esta gente? se preguntó el referee que se cambiaba al lado. Costaba diferenciar a los forwards de los tres cuartos. El pilar más pesado superaba los ochenta kilos solo porque se había excedido con los ravioles la noche anterior.

De los quince, solo dos, los hermanos Bengolea, habían estado en Ferro el sábado a la tarde. La mayoría, en cambio, había preferido una conferencia sobre “Existencialismo y humanismo en Sartre” en un teatro de Villa Crespo. Uno de los players sacó del bolso las camisetas blancas con letras negras estampadas en la espalda que decían “FL” y las repartió. Entonces, el equipo de la Facultad de Filosofía y Letras marchó hacia la cancha para jugar por el torneo universitario contra sus rivales de Veterinaria que, desde un rato antes, esperaban en ese rectángulo de tierra apisonada donde iban a disputar el partido.

Trescientos metros separaban el vestuario de la cancha y los rugbiers filosóficos los recorrieron con displicencia. Mientras hacían el trayecto les pasó por al lado un flaco con la camiseta violeta de Veterinaria. —Buen día muchachos, me apuro porque llego tarde. ¡Nos vemos en la cancha! Pese al apuro, el flaco de Veterinaria mostró que era un tipo educado y agradable. A Ricardo, uno de los Bengolea, le pareció reconocer esa cara pero de inmediato alejó la idea. Era imposible que estuviera ahí. “No, me equivoqué”, pensó para adentro y siguió charlando sobre la fenomenología de Kant con su compañero de cátedra.

El partido empezó con un poco de retraso. Los primeros diez minutos fueron parejos y muy cortados. Algunas patadas defectuosas y varios scrums derivados de knock ons eran un fiel indicio de las escasas cualidades rugbísticas de los muchachos universitarios.

Pero en el minuto once la agarró el fullback de Veterinaria y se terminó el partido. Tomó una pelota de aire en sus veintidós, corrió como un rayo casi sin darse cuenta de que algunos entusiastas amantes de Sócrates trataban de agarrarlo y apoyó el try sin despeinarse. Ocho minutos y dos tries después, Ricardo Bengolea pudo ver de cerca al fullback por primera vez. Era el flaco que les había pasado por al lado cuando iban para la cancha. Y cuando lo tuvo a un metro Bengolea,  para su enorme sorpresa, comprobó que era quien creía que era. El mismo jugador que la tarde anterior se había parado desafiante ante el Haka de Los All Blacks ahora, apenas quince horas después, enfrentaba al seleccionado de Filosofía y Letras. El Puma que el sábado había emocionado a los hermanos Bengolea  con un poderoso tackle a Greg Rowlands el fullback neozelandés, ahora, en la poceada cancha de la Ciudad Universitaria tackleaba con el mismo vigor a Roberto Montesó, estudiante de tercer año de la carrera de Letras e incipiente jugador de rugby.

Cuando Bengolea lo reconoció tuvo el impulso de pedirle un autógrafo, pero seguramente Martín Sansot, el fullback de Veterinaria, no lo hubiera complacido en la cancha porque estaba concentrado en el partido, cumpliendo el compromiso que había asumido ese año de jugar con sus amigos de la Facultad. Aunque todavía le dolían los golpes del duro test contra los All Blacks, Sansot estaba ahí, jugando al rugby y haciéndolo como corresponde. Como lo hizo siempre. Poniendo todo. No dando tregua al rival, que es la mejor manera de respetarlo.

La chapa del resultado, para fortuna del equipo FL, se perdió en la noche de los tiempos. Pero ese día los estudiantes se llevaron importantes enseñanzas para su casa.

Jugar al máximo cualquiera sea el compromiso, ser humilde, priorizar a los amigos, respetar siempre a los rivales. Ni Voltaire, ni Hobbes, ni Descartes. Esa mañana en la Ciudad Universitaria, los principios filosóficos los enseñó el pensador Martín Sansot.



El artículo Historia de Verano fue publicado originalmente en Periodismo-Rugby
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