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Historia de Verano

│Por Daniel Dionisi

Hay plata en el rugby. Desde que el profesionalismo se instaló definitivamente, mucha gente hizo dinero con el juego y por supuesto, mientras sea dentro de la ley, no hay ninguna objeción para que eso suceda. Sin embargo hasta no hace mucho tiempo en el medio local, una de las peores cosas que le podía pasar a un rugbier era que se lo acuse de recibir alguna contraprestación por practicar deporte. Profesional era el peor insulto que podía sonar en los clubes argentinos. Y, a veces, atronaba.

Hace mucho tiempo dos jugadores de un club que este año celebra su centenario fueron señalados con el peor estigma que podía marcar a un rugbier de la era amateur. Uno de ellos es el protagonista de otra historia de verano.

¡PROFESIONAL!

Si alguien de su nuevo club le consiguió trabajo, es profesional. Si se lleva a su casa el reloj que le regalaron por ser elegido el mejor jugador del partido, es profesional. Si vive en una habitación del club mientras estudia en Buenos Aires, es profesional. ¡Profesional, profesional, profesional!

En el rugby argentino el mote más vergonzante ha sido el de “profesional”.

Y de los muchos episodios que han provocado temerarias acusaciones de profesionalismo, el de los sudafricanos de Hindú es el caso paradigmático. Pocos lo conocen, pero es un verdadero leading case para los Torquemada buscadores de profesionales en el rugby.

En 1932, los Junior Springboks jugaron una serie de partidos en la Argentina. Les ganaron con facilidad al seleccionado y ajustadamente a Gimnasia y Esgrima. Los dos partidos se jugaron en el estadio de Ferro ante multitudes que se sorprendieron por el nivel del equipo extranjero. Cuando terminó la gira, en agosto, los sudafricanos volvieron a su país, pero varios dejaron sólidos vínculos en el ambiente del rugby argentino. Por eso, dos de ellos volvieron un año después y jugaron el torneo de 1933 para Hindú.

El ingeniero Ribbeck Elliot, un brillante wing, y el importador de licores Watney Wolheim, un poderoso segunda línea, se pusieron la camiseta de la troupe hindustana y claro, enseguida estalló el escándalo. ¡Profesionales!

Los sudafricanos jugaron en Argentina por una gestión del gran impulsor del Hindú Club, Francisco Borgonovo, un brillante dirigente deportivo que entre otras cosas fue gestor de la campaña de Juan Manuel Fangio en Europa.

Elliot consiguió trabajo en la fábrica de ascensores Otis. A Wolheim no le fue tan bien y al poco tiempo regresó a su país. Pero la bola de nieve del oscuro profesionalismo ya estaba rodando, y al final de esa temporada los fundamentalistas entraron en acción. Reuniones, discusiones, ponencias de un lado, ponencias del otro, amenaza de interrumpir la disputa del campeonato, renuncia del Consejo Directivo de la Unión, designación de un nuevo consejo directivo. ¡Suspensión!

Los dos jugadores y el Hindú Club fueron suspendidos hacia el final de ese polémico año.

Al poco tiempo la suspensión de Hindú fue levantada y la de Wolheim quedó sin efecto por su retorno a Sudáfrica. A Ribbeck Elliot, el verdadero héroe de esta historia, la condena lo acosó por un tiempo más.

El wing sudafricano solo quería conocer un país, hacer amigos y practicar el deporte que amaba.Tres acciones definitivamente vinculadas al espíritu del juego. Sin embargo, se encontró con la incomprensión de un medio muy intolerante. Elliot jamás recibió dinero por jugar en Hindú, pero se lo acusaba de beneficiarse con un empleo conseguido gracias a la influencia de un socio del club. ¿Cuántas veces en los cientos de clubes de rugby argentino un amigo le consiguió trabajo a otro del club? ¿Cuántos llamados hicieron jugadores de rugby argentinos para recomendar a un amigo del club en un empleo? Aparentemente, para los dirigentes de la época era demasiado que una estrella del rugby sudafricano jugara en un club argentino.

Elliot, verdadero hombre de rugby, fue muy comprensivo y se instaló en nuestro país aunque no le permitieran jugar. Al poco tiempo muchos conocieron su verdadero espíritu de sportsman y se nutrieron de las enseñanzas de un jugador que se destacaba en uno de los dos países más poderosos del rugby mundial. Elliot paseó por los clubes e hizo amigos en muchos rincones del rugby argentino.A los dos años cambió la dirigencia de la Unión y le fue levantada la suspensión. Entonces el brillante wing sudafricano se puso de nuevo la camiseta de Hindú y disfrutó del deporte que lo apasionaba. Llevó su rugby por todas las canchas y ya todos supieron de su enorme espíritu deportivo. A los pocos partidos hubo coincidencia general: Ribbeck Elliot era el mejor wing que jugaba en el torneo local. Por eso fue designado para integrar el seleccionado argentino que enfrentó a los British Lions que visitaron Buenos Aires en 1936. Cuando se jugó ese partido ya era conocido y apreciado por todo el ambiente del rugby. Por eso, cuando se acercó a ocupar su posición en el campo de juego, la tribuna se deshizo en aplausos y a nadie se le ocurrió gritar “¡Profesional!”.

El brillante wing formado en Sudáfrica ya vestía la celeste y blanca.

El “profesional” ya era un Puma.



El artículo Historia de Verano fue publicado originalmente en Periodismo-Rugby
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