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`En el rock se cortaron los pactos de silencio ante los abusos´

│Por Ilan Kazez – Fotos: Cecilia Salas

A pesar de tener una carrera entrecortada, Flopa se erigió como una de las cantautoras más sobresalientes de las últimas décadas. Dueña de una voz tan firme como afectuosa y una pluma cargada de sabores agridulces, a principio de siglo formó parte de Flopa Manza Minimal, el notable trío que con apenas un disco (2003) moldeó la forma de la nueva canción acústica argentina. En los años siguientes, mantuvo la misma línea con sus trabajos solistas, Dulce Fuerte Grave (2004) y Emoción Homicida (2008), y una vez más junto a Ariel Minimal en La piedra en el aire (2012).

Ahora, a diez años de su último material, Flopa se electrificó. Acaba de editar 5 finales para el mismo cuento, su trabajo solista más rockero hasta la fecha, un EP de cinco temas en el que el melodrama encuentra su cauce en el poder eléctrico. Acompañada por una banda de grandes músicos y amigos compuesta por Mariano “Manza” Esaín, Luciano Esaín y Federico Ghazarossian (el primero y segundo, integrantes de Valle de Muñecas; el segundo y tercero, de Acorazado Potemkin), Flopa regresa a las raíces de aquellos días de los 90 cuando tocaba el bajo en el trío Mata Violeta o estaba al frente de la banda Barro. Tras una serie de shows presentación, el pasado viernes 19 volvió al escenario con la banda completa en la Sala Caras y Caretas (Sarmiento 2037, CABA, a las 22), en una fecha junto a Valle de Muñecas organizada por el programa radial Rebeldes, soñadores y fugitivos.

¿Por qué tardaste tanto tiempo en sacar un nuevo material?

La verdad es que no lo mido. Si lo midiera, creo que no lo haría. En diez años, la gente se casa, tiene tres pibes, me doy cuenta en el público. Siempre lo hice así, ni siquiera es a propósito. Es lo que me sale, voy y vengo, y llega un momento en que me canso de estar ahí con los toques y necesito como retirarme un poco. No me surge la urgencia de grabar, de hacer algo y largarlo ya. Como no estoy en una banda estable, no termino de decidir. Tengo dos o tres temas para hacer en este estilo, otros dos súper rockeros, otros acústicos, otro mala onda. Me cuesta enfocar y decir “bueno, tengo este disco”.

¿Y cómo surgió este EP?

Ya había tocado con esta banda en 2012 y en 2015, así esporádicamente en una fecha con Valle de Muñecas y otra en Vorterix abriendo para Pez. Me invitaban a tocar a shows donde no daba ir sola con la guitarra y es la banda que tengo a mano. Hacemos cuatro ensayos y salimos. A principio de este año me pasó lo mismo, pero a diferencia de las veces anteriores, la mitad de los temas de la lista eran inéditos. Entonces ahí nos miramos con Manza y dijimos “che, ya que está la banda ensayada, estaría para grabar”. Lo que reúne a las canciones es el tratamiento que se le puede dar con esta banda, que es una banda de rock súper potente. Todo el cierre conceptual se lo empecé a dar cuando ya estaba grabando, e incluso se lo termino de dar ahora, mientras hago entrevistas y me preguntan cosas que ni me planteé. Yo hago las canciones sueltas, no es que las hice pensando en este disco.

El nombre del EP marca una suerte conceptual.

Es con lo que traté de darle la unidad. Fue medio caprichoso. También ahora le estoy encontrando el sentido, como que podía ser tranquilamente una línea de tiempo, esos cinco finales que dependen de dónde cortes.

¿Solés concebir las canciones como ficciones o cuentos?

No como cuentos, pero sí como ficciones. Por más que estés retratando la realidad, es imaginario. No canto sobre cosas muy concretas, no es una historia. Son cosas que pasan por un tamiz. Juego mucho con eso: capaz eso que me pasó a mí lo hablo desde el vos o al revés.

Tus canciones siempre tienen un sabor agridulce…

Sí, el bajón (risas).

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¿Siempre te motoriza el conflicto? ¿Podés llegar a escribir una canción feliz?

Tengo un par de canciones alegres. Un par. Pero el conflicto hace que las cosas sean interesantes. Es como las películas: una película donde todo está bien no sirve, algo tiene que pasar. El efecto de “está todo bien y todo feliz” es lindo para vivirlo, pero en una canción no sé. Tenés que ser muy capo para hacer una canción feliz y que sea buenísima. La felicidad son momentos, no puede ser siempre constante. En los discos también pasa eso: hay momentos felices, pero todo feliz es un aburrimiento. Ahora, todo bajón no es aburrimiento, todo conflicto no es aburrido. Te produce otras emociones pero no aburrimiento.

¿Por qué creés que se da esa diferencia?

El conflicto es un asunto a resolver, algo que no está cerrado. Te da lugar a que hurgues en tus propias cosas. La felicidad te da todo hecho y es el disfrute. Pero dura tres minutos esa canción, y necesitás otra y otra. Podés hacerlo, pero se vuelve homogéneo.

¿Cómo cambia tu expresión a la hora de hacer algo más rockero?

A mi me gusta escuchar rock potente, pero no es lo que hice toda mi vida. Lo hice esporádicamente. Mata Violeta era una banda de rock fuerte, Barro también era de estas características muy similares, mucho volumen, mucha guitarra al frente. A mí me encanta, pero a la vez me doy cuenta de que no tengo esa gimnasia de estar haciéndolo todo el tiempo. El rock es una gimnasia. Cantar a ese volumen me cuesta un huevo, por eso el disco es corto, y hago dos presentaciones y paso a otra cosa. Me cuesta sostenerlo como performance, porque no estoy haciéndolo todo el tiempo y ahora me siento medio vieja para hacerlo (risas).

¿Por qué? Hay rockeras más grandes que vos que siguen rockeando…

Todo bien con ellas. Para mí no garpa. Creo que mi voz garpa mejor a otros niveles de dinámica. Creo que logro más cosas con la voz cuando hago cosas acústicas. Está bien, pero llega un momento que las canciones te piden otra cosa. Estas canciones del EP las puedo tocar con la acústica, pero no deja de ser un fogón. La canción explota cuando está el cuarteto de rock. Me gustaría lograr un punto intermedio, poder mechar eso acústico con la electricidad sin irme al carajo de volumen. Lo eléctrico es otra forma de cantar, de poner la voz; de alguna manera, es cantar sin escucharte. Tengo la fibra, me late, pero me falta un toque para el nivel de perfección que pretendo. Pero lo eléctrico es una energía que se mueve y no es comparable con nada. Ahora transpiro. Cuando toco con la guitarra acústica no transpiro (risas). El mismo volumen, que capaz me juega en contra para la voz, produce una energía en el escenario que es inigualable.

¿Durante tu carrera sentiste el peso de ser mujer en el ambiente del rock?

Son fichas que me van cayendo ahora. Sí se me cerraron puertas o enfrenté prejuicios, pero hasta determinado punto nunca lo relacioné con el hecho de ser mujer, porque no sé cómo es ser hombre. Lo que veo en los últimos años es un cambio en la cabeza de los más jóvenes. Las minas de mi generación tuvimos que aggiornarnos al medio que nos tocó. Y bueno, yo quería ser música, lo que había era eso y me acomodé como pude. Hoy, las pibas ya se paran distinto. Primero, porque hay más cantidad. Segundo, porque hay más visibilidad y más unión. Antes no teníamos conexión, estábamos más aisladas. Pero lo del rock no le escapa a ninguna otra situación de la vida cotidiana de la mujer. Pensás en músicos y sonidistas que se la creen y que te tratan como una idiota porque piensan que no sabés mover un pie de micrófono, pero son cosas que me pasaron con el mecánico, con el colectivero o con quien sea.

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¿Estás de acuerdo con el proyecto de cupo femenino en festivales?

Estoy de acuerdo. Siempre me pareció polémico el tema de los cupos porque creo que debería surgir orgánicamente, pero como no ocurre, estoy muy de acuerdo hasta que la situación se normalice. Falta visibilidad. Ahora hay un montón de mujeres tocando, el tema es que no están en las grandes grillas. A modo personal, los grandes festivales siempre me parecieron una mierda. Como público y como música. Pero puedo entender que haya músicos a quienes sí les interesa y que buscan eso. En lo colectivo, apoyo porque ocurre eso de que hay muchas mujeres tocando, pero no deja de ser muy sectario. Lo que veo es que, a partir de esta gesta que se está armando, hay mucho grupo de minas para minas. Me parece bien en este momento, porque está bueno el sentimiento sororo y siempre existieron cosas de tipos hechas para tipos, pero creo que todavía tiene que evolucionar. Me parece interesante la mixtura.

¿Sentiste en tu adolescencia la falta de referentes mujeres en la música?

En esa época no pensaba la música en hombres y mujeres. ¿Faltaban mujeres? Sí, pero era lo dado. No era que pensaba “uy, no hay música hecha por mujeres, entonces me pongo a buscar”. Cuando me llegaron Joni Mitchell y PJ Harvey me pareció increíble, pero no es que me estaba cuestionando. Pero es cierto: hay algo que sentí habilitante cuando era una chica que fue ver a las Viuda e Hijas de Roque Enroll. Era un estilo que musicalmente no me gustaba, pero sí reconocí eso: una estaba acostumbrada a ver a la mujer en el rock en el rol de corista y estas tipas tocaban. Y eso te habilita y te permite pensar “yo puedo estar ahí”. Igual, con el tema identificación, a mí me pasó en la adolescencia que estaba con todo el tema de mi orientación sexual y era como que no sentía que encajaba en el mundo de las mujeres. Mis referentes eran, no sé, Morrissey y Palo Pandolfo. Si hubiera habido más mujeres, probablemente hubieran sido ellos y otras más. Pero no pasa tanto por la identificación sino por lo habilitante. Creo que un montón de pibas que se criaron con el kirchnerismo positivamente piensan que pueden llegar a ser presidenta. En mi infancia, eso ni lo soñabas. Se generan nuevos modelos.

Un tema relacionado con el avance del movimiento de mujeres y el rock tiene que ver con los abusos. ¿Creés que hay algo intrínseco en la cultura rock que provoca esto?

Es de la sociedad. El rock no está aislado de la sociedad. El rock lo integran los mismos varones que laburan en los bancos, en las oficinas y en el supermercado. ¿Cuál es el componente que tiene el rock? Bueno, que estás arriba del escenario y que la música es un arma de seducción. Lo que se cortaron fueron los pactos de silencio. Esto no es nuevo ni es de ahora, pero era la mugre barrida debajo de la alfombra. Y ahora empezó a pasar que las pibas no se callan. Entonces, agarrense la picha, muchachos. Es un poco fatal, pero viene bien para revisar el modo en que nos conducimos todos. Son cosas que te hacían ruido y que ahora no puede dejar de hacerte ruido. Antes la dejabas pasar, te la comías, decías “bueno, acá ya no voy más porque esto no me gustó”. Ahora queda puesto sobre la mesa. Es polémico lo de las denuncias anónimas, porque si lo tomás como un arma política podés hacer un desastre, pero me parece que sirve también como advertencia a las propias pibas. Lo que hay que poner sobre el tapete es que las minas no somos cosas. Hay algo intrínseco que tenemos las mujeres, que es un temor que los hombres no conocen. Porque ustedes de última dicen “bueno, si me apuran, me cago a trompadas”. Desconocen ese miedo de no zafar, muchos por omisión y otros porque les resulta un lugar cómodo. Todo tiene que ver con una relación de poder, por eso estamos como estamos, porque el que tiene un poquito de poder lo ejerce como el culo.

¿La cultura rock falló en seguir con la misma lógica de la sociedad y no ser un lugar de cuidado mutuo?

Creo que al rock se le pide demasiado. El rock surgió como un movimiento… de drogadictos evasionistas (risas). Hubo un momento con un par de paladines como Bob Dylan, pero el rock es entretenimiento. Y el rock también es la cola del pavo real para cotejar hembras. Viste el sketch de Capusotto, Juan Carlos Pelotudo: con esto consigo minitas. Condensa el imaginario que se carga en el rock. “Bueno, soy un gordo feo pero consigo mujeres igual” o “soy el batero y a las que el cantante no le gusta me caen a mí”. A partir de ahora se va a reconfigurar porque la mujer está en otro lugar. Los hombres van un paso atrás porque les cuesta reconocer dónde están parados.

¿Cuál es el desafío para el rock ante estas cuestiones?

El gran desafío es que los hombres desarrollen la empatía. El problema no es el rock, el problema es cómo se conducen los chabones en general. El rock tiene algunas cuestiones como que te vas de gira, tenés un micro y hay quilombo, chicas y qué se yo. A mí me ha pasado con chicas que se te acercan y te preguntás “¿me está tirando onda o quiere que le firme el disco?”. Pero no las paso por arriba. Y si veo que es una nena que tiene la edad de mi sobrina, menos. Ahí está la cosa. El hombre está acostumbrado a pasar por arriba y ya no hay lugar para eso.



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