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El violinista

|Por Javi Gumucio|

La historia del clásico rioplatense desde sus comienzos: provocaciones, amenazas, agresiones, militares con bayonetas, la mafia italiana, vidrios rotos, oficinas abandonadas y hasta una trifulca en un cabaret parisino que ni el mismísimo Carlos Gardel pudo evitar.

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En 1889, bajo un gigantesco retrato de la reina Victoria, los ingleses de Montevideo y sus pares británicos de Buenos Aires decidieron juntarse a jugar un partido de fútbol en la capital uruguaya. En tiempos donde la Argentine Football Association no permitía que se hablara español entre sus dirigentes y la Uruguay Association Football League prohibía los partidos en domingo (la costumbre inglesa era jugar los sábados), -y casi sin saberlo- aquellos muchachos habían disputado el primer clásico rioplatense.

clasico 2Pero fue recién en las primeras décadas del Siglo XX en que la pelota empezó a popularizarse en ambas orillas del Río de la Plata. A la par del tango, el fútbol había crecido desde los suburbios. Criollos argentinos y uruguayos improvisaban encuentros en potreros y callejones. Mientras en Europa lo jugaban las altas clases sociales, en Sudamérica era el deporte popular de la gente que incluso no tenía acceso a la educación. En Buenos Aires y en Montevideo había nacido un estilo de juego y en las milongas se imponía una nueva forma de bailar.

Para cuando el francés Jules Rimet mandó a diseñar la primera Copa del Mundo, en 1929 -porque creía que un campeonato de fútbol ‘iba a fortalecer los ideales de una paz permanente y verdadera’ luego de la Primera Guerra Mundial-, en Sudamérica el encuentro entre Argentina y Uruguay ya era un verdadero clásico: de las 12 finales de la Copa América disputadas hasta ese momento, siete habían sido entre albicelestes y charrúas. Además, ambas naciones habían disputado el oro en los últimos Juegos Olímpicos de 1928 en Ámsterdam. El encuentro también tenía tintes históricos: En un amistoso de 1924 se había producido el primer gol olímpico.

Antes del comienzo del torneo, cuando Carlos Gardel visitó junto a sus guitarristas la concentración argentina en el hotel La Barra de Montevideo para ofrecerles un recital, un periodista le preguntó qué equipo ganaría el torneo. Como dividía sus pasiones entre Argentina y Uruguay, el cantante sólo se limitó a expresar que “descartando por no conocerlos a los brasileños y a los yanquis, diré solamente que los rioplatenses serán los más difíciles de vencer; ambos juegan un fútbol maravilloso y artístico y si llegan a la final habrá que tirar la monedita a ver quién gana”. Gardel no sólo hinchaba para Argentina: el día anterior, El Mudo había efectuado el mismo concierto en el hotel del seleccionado uruguayo.

Luego de haber vencido a Yugoslavia y Estados Unidos por un idéntico 6 a 1 en semifinales, Uruguay y Argentina tenían que medirse nuevamente por un título y por primera vez el de un Mundial. El encuentro generó una enorme expectativa: en Buenos Aires, miles de personas se lanzaron a comprar el boleto de barco que los depositara en Montevideo y otras tantas habían abandonado sus puestos de trabajo para congregarse en las puertas de los edificios que ocupaban los diarios y las casas de electrodomésticos, donde se amplificaban mediante parlantes las novedades de los partidos que los cronistas transmitían por teléfono. Según el diario La Nación, el tránsito en Avenida de Mayo, desde Bolívar a Sáenz Peña, se había interrumpido y algunas empresas –como la General Motors- tuvieron que decretar un feriado espontáneo.

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La respuesta uruguaya no tardó en llegar. En el partido que Argentina disputó ante Francia, los hinchas locales habían insultado constantemente durante todo el partido a los jugadores argentinos, arrojándoles todo tipo de proyectiles. El desaparecido matutino La Argentina relató que por tales agresiones, el delantero Roberto Cherro “sufrió un ataque de nervios y se desvaneció”. “Un grupo de exaltados rodearon el bus argentino, proliferando algunas frases inconvenientes contra los ocupantes cuando emprendían el viaje hacia su alojamiento. Uno de ellos arrojó una piedra contra el vehículo y rompió uno de los cristales del mismo”, aseguró el periódico La Nación.

Al enterarse en Buenos Aires sobre los incidentes, un centenar de hinchas acudió a la sede de la Asociación Amateur Argentina de Football en la calle Viamonte para pedir el retiro del equipo y el regreso hacia su país. Mientras en Uruguay, el presidente Juan Campisteguy tuvo que interceder y acudir al entrenamiento argentino para repudiar los actos reiterando “los afectos que unen a ambos países históricamente” y brindarles las mayores garantías.

Para aquella final, la revista El Gráfico señaló que “en la concentración argentina corría un fuerte rumor de represalias en caso de ganar”. El insider derecho Alejandro Scopelli estaba asustado por el clima en que se vivía porque Luis Monti había recibido amenazas contra él y su familia horas antes de la final. “Además de los mensajes, me dieron serenatas que no me dejaron dormir la noche anterior”, contaría Monti años más tarde. El ánimo no era el mejor para enfrentar a los dueños de casa. Roberto Cherro se había autoexcluido luego del incidente ante Francia, Adolfo Zulemzú dijo que estaba imposibilitado por una dolencia y Francisco Varallo tampoco quería jugar por estar lesionado de la rodilla derecha.

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Con las tribunas del estadio Centenario repletas, el primer problema entre ambos conjuntos antes de comenzar el encuentro fue si usarían pelotas argentinas con tiento o los balones sin tiento locales. “Se estudiaron las propuestas y se resolvió por unanimidad adoptar la industria argentina”, había afirmado el diario La Prensa una semana antes, pero el ministro de Industrias uruguayo intercedió para que se puedan utilizar pelotas de fabricación nacional. El Comité Ejecutivo decidió que sean los jugadores quienes decidan. Como los capitanes no se pusieron de acuerdo, fue el árbitro belga Jan Langenus quien determinó que se use una pelota en cada tiempo.

clasico 5Realizado el sorteo de las pelotas, el juego se inició con mucho roce y pierna fuerte. Para Varallo, Monti no tendría que haber jugado la final. “Se lo notaba cohibido y con miedo a jugar”. Una de las hipótesis que manejaban los diarios de aquella época asegura que la mafia italiana estaba detrás de esto: quería que el delantero decepcione a su público y acepte la oferta que le habían hecho dirigentes de Turín para jugar con la Juventus y además, vestirse de azzurro.

“Durante el partido tuve mucho miedo, porque amenazaron con matarme a mí y a mi madre. Estaba tan aterrado que ni pensé en el partido que estaba jugando . Perjudiqué así el esfuerzo de mis compañeros”, revelaría Monti.

Los medios argentinos acusaron que ante la pasividad del árbitro belga, los uruguayos pegaron sin ningún pudor a sus rivales. El arquero visitante Juan Botasso denunció que el delantero uruguayo Héctor Castro, quien había perdido el antebrazo con una sierra eléctrica- había clavado su muñón en el riñón del guardavalla y otro en el muslo que le provocó una paralítica.

Cuando la escuadra albiceleste salió del vestuario para jugar el segundo tiempo con el marcador 2 a 1 arriba, distinguieron a “unos 300 milicos con sus bayonetas caladas” junto a la línea de cal. “A nosotros no nos iban a defender –prosiguió Monti-, les dije a mis compañeros ‘pongan ustedes, que yo no puedo’. Después de todo ¿qué querían que fuera, héroe del fútbol?”.

Las crónicas de la época coincidieron en marcar la pasividad pasmosa de Argentina en el complemento. Finalmente el equipo celeste dio vuelta el marcador y se impuso por 4 a 2.

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No era la primera vez que ocurrían serios incidentes entre argentinos y uruguayos. En 1928, luego de aquellos dos durísimos choques de la final olímpica en Ámsterdam, ambos conjuntos se encontraron en París antes de su retorno a Sudamérica. Para limar asperezas, Gardel –que también fue testigo de aquellos choques- invitó a ambas delegaciones a disfrutar de su concierto en un cabaret de la Ciudad Luz y los sentó intercalados ‘un uruguayo, un argentino’.

El intento de confraternización no tuvo éxito, porque unos y otros comenzaron a pasarse las facturas del juego áspero que habían protagonizado. El volante derecho oriental Leonardo Andrade había pateado duramente la rodilla del wing Raimundo Orsi y éste le había devuelto el gesto con un duro pisotón en el tobillo. Para tranquilizar el momento, el cantante invitó al extremo argentino –que además era un diestro violinista- a subir al escenario y sumarse a sus músicos.

A Orsi le prestaron un violín y éste se acopló con destreza, pero mientras interpretaban un tango, los jugadores –lejos de tranquilizarse- comenzaron la trifulca. Cuando todos contra todos se agarraban a trompadas, Andrade –que seguía con la calentura- aprovechó la confusión y fue a buscar al argentino. Orsi, rápido de reflejos, lo primereó y ¡le partió el violín en la cabeza!

Antes de que termine el altercado, el delantero abandonó el boliche y esa misma noche escapó de Paris. No fue por temor a la venganza de Andrade, sino a la del dueño del instrumento: un preciado y costoso Stradivarius.

Años más tarde, Orsi justificó su huida: “Si el tipo me encontraba, hubiera tenido que quedarme para siempre a trabajar en París para pagarle su violín”.



El artículo El violinista fue publicado originalmente en Golcafé
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