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El show no siempre debe continuar

│Por Gabriel Gómez

Mataron al fútbol, mataron nuestras ganas de apasionarnos con el deporte más lindo del mundo y eso no tiene remedio alguno.

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Hace más de cuatro días que el mundo ya debería conocer al campeón de la Copa Libertadores de América, pero desgraciadamente en Argentina volvieron a ganar los violentos, los mafiosos, los que viven de los clubes y los que buscan sus propios intereses.

El país se preparó para vivir una de las finales más importantes y lindas de la historia del fútbol, Boca-River; River-Boca. Durante un mes entero estos dos equipos fueron (y son) el foco de las noticias en todos los medios del país y, a partir de lo sucedido el sábado, vaya uno a saber cuánto tiempo más lo harán.

Que conspiraciones de un lado, que ponen árbitros del otro, que la final del mundo, que no hay vida a partir del domingo, que el perdedor deja de existir, que reventa por acá, que declaraciones de exjugadores por allá, que si generan violencia con un video o si lo hacen poniendo banderas en un vestuario. Desde que se conocieron ambos finalistas estos temas se hicieron eco en los grandes medios de comunicación, desde la televisión hasta los programas de radio y periódicos y poco a poco la locura se fue adueñando de la serie.

Llegó el sábado y muchos hasta nos dábamos el lujo de relajarnos un poco creyendo que por fin se iba a terminar todo este caos, todo el nerviosismo. Pensábamos que finalmente íbamos a poder dormir tranquilos sin tener noches de insomnio generadas por la ansiedad y las ganas de ser campeones del torneo continental más importante de América.

Ya todos conocen el desenlace y ahí va la cuestión de la inoperancia policial con dos semanas de trabajo para armar el recorrido de un micro. Liberaron la zona y los jugadores de Boca fueron agredidos por los simpatizantes de River. Es cierto que fueron los menos y que el ataque no provino de los hinchas genuinos que fueron al Monumental dos días seguidos entusiasmados por el espectáculo que se podría llegar a brindar.

Así como en 2015 los jugadores de River fueron víctimas de algunos incompetentes, los de Boca lo fueron de los ataques sufridos al ómnibus la tarde del sábado. Si fue en las inmediaciones y si merece ganar la copa sin jugar el partido no es lo importante en este caso. Un plantel entero sufrió lesiones tanto físicas como psicológicas y sin embargo los “gordos de traje” –como alguna vez los llamó Daniel Osvaldo- quisieron obligar al equipo a jugarlo porque perdían (gran) parte de sus negocios.

A todo esto, Pablo Pérez y Gonzalo Lamardo estaban camino al hospital por las heridas sufridas. Carlos Tevez y Fernando Gago tuvieron que salir a dar la cara horas más tarde cuando eran apretados por los médicos de la federación para disputar el partido de todas formas. Mientras tanto, el presidente de la institución “Xeneize” firmaba un acuerdo de caballerosidad y le soltaba la mano al cuerpo técnico y jugadores en una de las tantas reuniones que tuvieron en los despachos del estadio.

No se jugó a las 18:00, tampoco a las 19:15. Los simpatizantes de River esperaron más de seis horas bajo un sol insoportable, aislados y casi sin saber que pasaba afuera, donde había corridas para entrar sin tickets, gente robando entradas, rompiendo autos y enfrentándose a la policía. El partido se postergó para el domingo, cuando cualquiera con dos dedos de frente sabía que era casi imposible jugarlo teniendo en cuenta la situación del equipo visitante.

Y así una vez más volvieron a jugar con los sentimientos de las dos parcialidades, porque si hay algo que hoy une a los hinchas, los verdaderos hinchas de Boca y River, es la bronca y la tristeza que nos tocó vivir estos dos días.

Ahora comenzará nuevamente la guerra mediática, donde pelearán entre dirigentes para ver (en idioma criollo) quien la tiene más larga. Durante un tiempo Boca y River seguirán siendo foco en todos los medios mientras el país se cae a pedazos. De un lado tirarán con el antecedente del 2015 y del otro se basarán en artículos del reglamento para jugar los 90 minutos que faltan.

Entretanto el hincha de futbol que logra sacarse la camiseta dos minutos y razonar ya tiene poco interés en este partido. Poco importa el resultado cuando el verdadero está a la vista: La sociedad argentina involuciona y carece de empatía.

Hoy la mayoría de los periodistas echan culpas y operan para el lado que más les conviene. Lejos está que se hagan cargo de ocupar el lugar que les toca: Comunicar. Son muy pocos los que se hacen responsables del mensaje que bajaron durante todo este tiempo “vida o muerte”. Un sabio futbolista retirado dijo el domingo por la noche: “Este partido ya no importa. Lo importante es que ningún jugador esté lastimado gravemente.”

Mataron al futbol, mataron nuestras ganas de apasionarnos con el deporte más lindo del mundo y eso no tiene remedio alguno. Es por eso que en este caso es importante poner un punto final porque, a discrepancia de los pensamientos de Marcelo Gallardo, el show no siempre debe continuar.



El artículo El show no siempre debe continuar fue publicado originalmente en MaVa
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