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El río

│Por Daniel Dionisi

A pura remada, a pura brazada. A veces regulando la energía, otras apurando la respiración para llenarse del oxígeno que enseguida le devuelven a la vida. Así crecieron el Pato García Yañez y Tito Fernández. La trama de una obra tan gloriosa como imperfecta los juntó en la escena de una noche sudafricana. Pero ellos ya estaban unidos por el río que todo lo purifica.

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“Desde la cabina de comando, el piloto nos acordó, por los altoparlantes, en los tres idiomas habituales, castellano, inglés y francés, una gracia suplementaria. Harto tal vez de incitarnos a admirar, por reglamento, la consabida ciudad de Casablanca en el amanecer, el infaltable Cristo del Corcovado en los despegues de Río y un Porto Alegre puramente nominal, nos informó que a nuestra derecha podíamos contemplar, si lo deseábamos, “el punto en que confluyen el río Paraná y el río Uruguay para formar el Río de la Plata”. […] Visto desde la altura, ese paisaje era el más austero, el más pobre del mundo –Darwin mismo, a quien casi nada dejaba de interesar, ya había escrito en 1832: “no hay ni grandeza ni belleza en esta inmensa extensión de agua barrosa”–. Y sin embargo ese lugar chato y abandonado era para mí, mientras lo contemplaba, más mágico que Babilonia, más hirviente de hechos significativos que Roma o que Atenas, más colorido que Viena o Amsterdam, más ensangrentado que Tebas o Jericó. Era mi lugar: en él, muerte y delicia me eran inevitablemente propias.” (Fragmento de “El río sin orillas” de Juan José Saer.)

Primero fueron las remadas de Luis García Yañez. Cuando llegó de Guaminí, el viejo lo llevó al club San Fernando, lo sentó en un bote y Luisito empezó a remar. Por el río Luján, por los canales del Delta llegando hasta el Paraná, por donde había agua, Luisito remó. Y se forjó. Creció, un día pasó por la cancha de rugby del club, alguno le vio la carrocería y lo invitó a jugar. Un solo deporte no podía abarcar todo el ímpetu del Negro, como le empezaron a decir. Entonces siguió con los dos. Con el remo llegó a ser campeón sudamericano en un ocho con timonel en Río de Janeiro 1964. Con el otro deporte, un año después conquistó Ellis Park, y se quedó para siempre. Izak Van Heerden, el entrenador sudafricano de Los Pumas del 65, le decía The iron man porque, en una época de poco gimnasio, el Negro entrenaba y formaba su cuerpo como ninguno. Superman, lo bautizaron en El gráfico. Para los amigos empezó a ser el Pato, por los Pato Vicas del Ancho Peucelle, los fisiculturistas que hacían gimnasia en la playa El Ancla de Olivos. A Sudáfrica, en el 65, viajó como tercera línea y volvió convertido en un poderoso pilar. En las series ante Gales, Escocia e Irlanda de fines de los sesenta se consolidó en el equipo. Ya era un Puma, uno de los referentes de aquel grupo fundacional.

Después llegaron las brazadas de José Javier Fernández. Con su grupo de amigos se tiraban al río en San Fernando y nadaban hasta el puerto. A veces seguían a los campeones de aguas abiertas que entrenaban por ahí. Mas de una vez Fernández acompañó a Antonio Abertondo, el argentino que años atrás se había convertido en el dueño del Canal de la Mancha y ahora quería cruzar a Colonia. Un día, saliendo de la adolescencia, se encontró en El Ancla con unos tipos de Olivos que se pasaban una pelota de rugby. Se la pasaron a él y no la soltó mas. “Llegue al rugby de grande. En el 68,69 había mucho auge del rugby por Los Pumas y ahí me enganché. Aprendí en la playa jugando tocata con amigos de Olivos. Estaba muy relacionado con el agua”. Por esa cosa de la amistad, terminó en Deportiva Francesa. Y apenas un par de años después de aquella tocata de El Ancla, Tito Fernández ya estaba sentado en un avión volando a Sudáfrica con Los Pumas. Ya era uno de los tripulantes del segundo viaje a la tierra donde el rugby es religión. La gira le costó. Lo percharon durante los siete primeros partidos. Pero una tarde lo pusieron. Y se soltó. Jugó. Golpeó. Lo vieron.

El Pato y Tito. Unidos por el agua. El remero y el nadador. Destinos cruzados. Una noche sudafricana los juntó, aunque estaban en orillas distintas, enfrentadas. Uno con la enérgica ilusión de la primera vez, otro con la cansada bronca de la despedida inminente. Uno parado en la orilla de los que llegan, otro, incrédulo, sin ninguna resignación, en la orilla de los que se van. Los dos sabían, y vaya si lo sabían, que el rugby era su lugar, su río, y que, como dice Saer, en él muerte y delicia les eran propias. Para uno, al menos por esa noche, sería muerte, para el otro, el ingreso definitivo al jardín de las delicias pumas.

El gesto adusto del capitán anunciaba una noche tormentosa. El aire se cortaba con una daga en Johannesburgo, en el bunker de Los Pumas en aquel invierno del 71. El viaje no era cómodo. Se había perdido el primer test y otra derrota contra Gazelles marcaría el fracaso de la gira. Por eso los líderes tomaron decisiones.

Vos me vas a sacar? le escupió el Pato, desafiante, al capitán. El hombre de la vincha se deshizo en explicaciones que ni él mismo creía. Me vas a sacar? repitió García Yañez, y lo miró fijo con sus ojos azules, mas fríos y calientes que nunca. Que el Gordo Nicola la está rompiendo y merece una oportunidad, que el cansancio de la gira, que hay que hacer un recambio. Ninguna excusa servía. Cuando el remero entendió que la conversación se había apagado, terminó con la cuestión. “Esta bien, sacame. Pero tené en cuenta que cuando volvamos a Buenos Aires, vos vas a seguir jugando en Los Tilos y vas a tener que jugar contra San Fernando. Vos vas a estar parado atrás del pack de fowards y yo voy a estar del otro lado. Ahí te vas a acordar quien soy yo”. Y cumplió. A partir de ese día, cada Sanfer- Los Tilos fue un test match para Luís García Yañez. Los compañeros de Pochola se sorprendían por la ferocidad que ponía el Pato en la cancha, pero el gran capitán sabía de donde venía la cuestión.

Y en esa noche destemplada de Johannesburgo, a pocos metros de donde el remero pegaba un portazo, el nadador se conmovía por la noticia que le llenaba el alma con un cocktail de sensaciones. Iba a jugar su primer test con Los Pumas, en lugar de Otaño. Los nervios del debut fueron atenuados por la confianza de esa autoestima invencible que tuvo desde joven. Pero otra inquietud era mas difícil de domar. Iba a reemplazar a su ídolo, se iba a poner una camiseta pesada, muy pesada. Para suavizar esos nervios necesitó ayuda y el auxilio llegó del mismísimo Aitor. El capitán del 65 se lo tomó con mas calma que el Pato García Yañez y se focalizó en apuntalar a su reemplazante, el joven y poderoso nadador. Se lo llevó a su habitación y en los cuatro días que llevaron hasta el partido clave de la gira, con la palabra cimentada en el ejemplo de tantos años, le dio una suculenta transfusión de sangre puma.

La hora del recambio había llegado. En la segunda gira a Sudáfrica los hombres del 65 entregaban la posta. Aitor Otaño, conocedor de las decisiones difíciles que debe afrontar un capitán, comprendió que el momento del paso al costado había llegado. Cuando Héctor Silva, le dijo que en el segundo test iba a jugar Tito Fernández, lo tomó con serena resignación. Con Luis García Yañez fue distinto. El Pato nunca le perdonó a su amigo de siempre que lo haya reemplazado aquel día por Hugo Nicola, el fuerte pilar de Curupa. Nunca le perdonó eso, pero hasta el último día, la amistad fue inquebrantable.

El partido fue victoria. Fue consagración. En el Loftus Versfeld de Pretoria volaron los drops de Tomás Harris Smith y Los Pumas se trajeron un triunfo inolvidable por doce a cero. Los dos, Fernández y Nicola, fueron figuras llenando de furia valerosa al pack argentino y dando el kick off a dos campañas legendarias en el seleccionado.

Al regreso de la gira, García Yañez y Otaño tuvieron su despedida de Los Pumas con honores. Ante Oxford Cambridge, en Ferro y ganadores. Ya no se puso la celeste y blanca, pero durante seis años mas, el remero dio batalla por las canchas de Buenos Aires mortificando, cuando podía, a los fowards de Los Tilos. A fines del 77 colgó los botines pero siguió junto a Los Pumas por muchos años. Como médico, preparador físico, asistente o donde pudiera dar una mano, ahí estaba él. Fue querido y respetado por todos y en 2010, cuando voló al cielo de los hombres buenos, el rugby argentino derramó una lágrima que engrosó el caudal de su amado río.

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Un año después de la noche tormentosa, Los Pumas jugaron la revancha contra Gazelles. Esta vez el escenario fue Ferro y fue fiesta. Fue victoria. Tito Fernández, ya consolidado como titular indiscutido, jugó una pelota en la cola del line y le dio un try al Chiquito Travaglini. Durante las siguientes cinco temporadas fue uno de los líderes del equipo. Jugó seis veces contra Francia, fue a las Islas en el 73 y volvió en el 76 para jugar el histórico partido de Arms Park contra Edwards, Bennett y compañía. Nicanor González del Solar lo bautizó como El hombre nuclear en las páginas de El gráfico. Se despidió de Los Pumas empatándole a los franceses en el 77. Pronto también se despidió de la Depor y se fue a Hindú para jugar su último año de rugby. Se retiró en Don Torcuato y como entrenador revolucionó al club. Fue el motor del cambio que llevó al elefante a convertirse en el equipo mas ganador de los últimos veinte años. “Es el mejor entrenador del mundo “, dice Manasa Fernández Miranda, “Y se creía el hombre mas fuerte del mundo. Lo decía y muchas veces desafiaba a los jugadores de la primera a ver si se bancaban algún duelo de fuerza mano a mano”. Hoy Tito Fernández sigue cerca de la cancha, enérgico, apasionado, pegando el grito cuando los jugadores de Hindú lo necesitan. El nadador no es un tipo nostálgico, pero guarda la camiseta número cinco de aquella primera vez. La que le dio Aitor.  Disfruta intensamente el presente. No vive del pasado, pero lo respeta.

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Tito elige no mover los recuerdos, solo los duerme. Pero, como dice el poeta Felisberto Hernández, los recuerdos sueñan. Y algunos sueños, a Tito, lo llevan al río. Tito vuelve al río. Se mete a las corridas, estimulado por sus propias risotadas. Entra desde la playita de El Ancla y llega hasta el lugar donde el barro se escapa de sus pies. Ahí empieza a brazear. Una brazada, otra, una mas. Una bocanada de aire joven le llena los pulmones y es mas fuerte que Abertondo, el dueño del canal de la Mancha. Se cree capaz de llegar a Uruguay con el poder de sus extremidades. Y tiene razón. Es el tipo mas fuerte del mundo, el hombre nuclear. Pero claro, como suele ocurrir, el sueño se empieza a desvanecer. Sin embargo,  cuando eso pasa, siempre, siempre! Tito, el nadador, escucha el sonido de los remos. Entonces el sueño renace mas potente. Aunque los brazos están cansados, Tito se da cuenta que no está solo en el río marrón. Un remo pega contra el agua. Otro, poderoso, empuja el bote hasta que se pone a la par del nadador. El remero, mas que nunca comandante de su nave, gira la cabeza, muestra todos los dientes de su sonrisa canchera, le guiña un ojo azul y lo impulsa a seguir. A empujar juntos. Y ahí se van los dos. Los superhéroes. El remero y el nadador, unidos por el río de la vida. El brillo que irradian es tan fuerte que ilumina la oscuridad del barro y aclara las aguas turbias. Ahora el río tiene un marrón mas claro, mucho mas claro y luminoso. Un color muy parecido al pelaje indomable de un puma.



El artículo El río fue publicado originalmente en Periodismo-Rugby
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