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El mercado de reconstrucción del pasado en “La extinción de las especies”

│Por Alan Ojeda

La última novela de Diego Vecchio se adentra en las guerras detrás de los relatos museológicos y en nuestro afán de sostener la memoria materialmente.

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Simon Reynolds, crítico musical y ensayista, analizó el problema de la memoria y los recuerdos en el Pop en su libro Retromanía; acumulamos sobre el pasado como ninguna otra civilización. ¿Por qué? La respuesta más sencilla sería “porque podemos”. Ahora, una respuesta tan superficial implicaría dejar de lado los mecanismos de deseo que nos llevan a realizar esa acción. Nada se mueve sin un combustible. Entonces, ¿cuál es el combustible de nuestro deseo de “museificar”? Quizá, que todo lo sólido se desvanece en el aire y que, al mismo tiempo que producimos, queremos evitar que las cosas se fundan en la misma fuga de tiempo que nosotros creamos. La extinción de las especies, de Diego Vecchio, es una novela sobre el Pop, sobre el carácter Pop del museo. La narración, ágil y humorística, con la ligereza de autores como Erskine Caldwell, nos introduce en la pasión del recuerdo, y su posterior mercantilización.

Todo comienza con la fundación del Instituto Smithsoniano en Washington D.C. de la mano de Zacharias Spears, gracias a la donación que realiza el inglés Sir James Smithson. Esta fundación denota el espacio-tiempo de la misma forma que un agujero negro: rápidamente se convierte en un núcleo que todo lo absorbe, que pone en funcionamiento una máquina de circulación de bienes y servicios cuyo único fin es abastecer al museo de nuevos descubrimientos. Es necesario conseguir fósiles, objetos, lo que sea. Es precisa una logística que sea capaz, como Rimbaud en África, de internarse en los confines más lejanos en busca de la historia. Entonces, el tráfico, la compra-venta, la competencia. El pasado es tan lucrativo como el oro. El pasado es una mina dispuesta a ser cavada. El Smithsonian fagocita todo a su alrededor, canibaliza el tiempo y lo somete a una lógica propia. El castillo-museo es una cápsula temporal donde el visitante puede recorrer, por un precio módico, las eras y los lugares más lejanos de la vida sobre la tierra. Buena iluminación, disposición correcta, orden: el pasado también es espectáculo: “Ineluctablemente el tiempo transforma al mundo en ruina. Nada entero sobrevive. Del pasado, sólo quedan polvo y piedras. Los recuerdos no son más que restos, cuanto más precisos, más falsos”.

Tiempo después de la fundación del Smithsonian, nuevos museos comienzan a fundarse alrededor del país (¿y el mundo?). La competencia por el usufructo del pasado se vuelve feroz. Las piezas de museo pueden alcanzar valores absurdos y luego derrumbarse en poco tiempo. El pasado, que parecía tan firme, comienza a escaparse como arena entre las manos. Hay préstamos, intercambios y competencia entre las instituciones. La máquina de la mercantilización del pasado aumenta, crece ritmo acelerado y obliga a los museos a una mutación continua. Se abren nuevas salas, se presentan nuevas exhibiciones. Los dinosaurios vuelven a morir y la etnología gana terreno. Ya no son solo huesos de antiguos reptiles, ahora son los restos del pasado de la humanidad los que llenan el lugar. Más tarde será también el arte, que es el resto ¿de qué? Como dice la novela: “La destrucción es la condición de posibilidad de la creación. Para poder adicionar, hay que sustraer”. El pasado, lo que se dice pasado, ya no es lo que era. Se devalúa como el peso argentino. Es decir, pierde su sustancia. Sometido al vértigo y la volatilidad del mercado, siquiera las estoicas piedras del pasado, que soportaron milenos en la intemperie, sobreviven.  El pasado es un bien escaso, tarde o temprano, se agota. Y cuando el pasado ya ha sido liquidado (o transformado en líquido), éste se funde con el presente. Entonces, hay que encontrar algo más, algo que sea la potencia del pasado o pasado potencial:  “El presente es el museo del futuro“.

Los museos, como aparecieron, caen en el peligro al que los somete el tiempo. Entonces, llega el museo de museos: “Con fondos legados por Anthony Méndez, que provenían probablemente de tráficos ilícitos en la frontera, fue fundado en San Diego, el MuM, el Museo de los Museos. Tras obtener los derechos de reproducción y explotación, el MuM construyó un complejo de museos con maquetas de los 25 establecimientos más visitados del mundo, según la clasificación establecida por el suplemento cultural The Scribner’s Monthly”. Decir que caen el peligro, no quiere decir que desaparezcan, sino que se han multiplicado tan rápido (alrededor de 2,5 museos nuevos al día), que su condición de cápsula del tiempo se había deteriorado ya que, como dice la novela: “Con una pizca de ingenio, una buena iluminación y un cuidador que vigilara que nadie tocara, cualquier partícula del mundo podría ser exhibida en una vitrina o colgada en un muro empapelado de rojo”. Así surgieron, por ejemplo el Museo de lo inútil, el Museo del No, el Museo de las Cosas más Frías que un Pezón de Bruja, el Museo de Dios, el Museo de los Adjetivos, etc.

La ficción no es inocente. No es azarosa la aparición de una novela sobre los museos (o el museo como técnica) en la era del archivo y la fugacidad. Reynolds recuerda el auge y decadencia de la memorabilia de la rave en los 90’s: los flyers, las banderas, las remeras, los objetos fluorescentes. Rápidamente, la industria se encargó de saturar el mercado con sus productos, y perdieron valor, como sucedió también con las tarjetas de Baseball en Estados Unidos. El museo es la usina de memoria ficcional del mundo. No importan tanto la existencia de un pasado, como la posibilidad de crearlo, de darle una narración, una sintaxis. Nada es tan capaz de esa destrucción-creativa, como el mercado.

NH598_La extinción de las especies_CORR.indd¿Serán nuestras casas nuestro pequeño museo del mundo? ¿Somos nosotros una de las galerías de la historia que está por descubrir? Recuerdo un dato curioso: “En los años 2003 y 2004, un equipo de voluntarios trabajó asiduamente en el proyecto Museo de la Deuda Externa, con el objetivo de inaugurar una sala de exposiciones en la Facultad de Ciencias Económicas. El 28 de abril de 2005 la Muestra Deuda Externa Nunca Más abre sus puertas a la Comunidad, en un espacio contiguo al Centro Cultural Ernesto Sábato”. ¿Habrá un museo de museos de la deuda externa? ¿Con qué ruinas lo construiremos? ¿Quién caminará por sus pasillos?

La extinción de las especies de Diego Vecchio.

Anagrama, 2017.

172 páginas.



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