sandino

El legado inoxidable del General de Hombres Libres

|Por Mariano Vázquez|

En 1912, Theodore Roosevelt, el vigésimo sexto presidente de los Estados Unidos, ordenó ocupar militarmente Nicaragua. El país se convirtió en una mera finca agrícola bajo explotación gringa, hasta que llegó Sandino y mandó a parar.

Desde su nacimiento, la vida de Nicaragua fue agitada. Transitó sin tregua por la violencia interna y las intervenciones extranjeras. Estas últimas incluyeron hasta el cinematográfico asalto de un pirata esclavista, que pretendió, en 1855, colonizar al país y del cual llegó a autoproclamarse Presidente. Este defensor de la causa esclavista del Sur estadounidense se llamaba William Walker y afirmaba que los países latinoamericanos eran incompetentes para gobernar sus destinos. El filibusterismo era la pata esclavista gringa en América Central.

A pesar de que los ejércitos de los cinco países centroamericanos se aliaron y lograron derrotar y expulsar a los filibusteros, la bota norteamericana continuó aprisionando el libre desarrollo del país. Para Estados Unidos, Nicaragua no era una nación soberana, era apenas su patio bananero.

La injerencia se acrecentó en 1912 con el envío de tropas de intervención para garantizar la explotación agrícola por parte de la United Brand Co.

Ese mismo año, un joven de 17 años ve pasar por Masaya el cuerpo inerte de un patriota que se enfrentó al ejército ocupante: “Personalmente miré el cadáver de Benjamín Zeledón, quien fue sepultado en Catarina, pueblo vecino al mío. La muerte de Zeledón me dio la clave de nuestra situación nacional frente al filibusterismo norteamericano; por esa razón, la guerra en que hemos estado empeñados, la consideramos una continuación de aquella”, rememoró Augusto César Sandino.

Ese hecho forjó en el joven Sandino el sentimiento antiimperialista que imprimiría luego a su ideario y a su futuro Ejército Defensor de la Soberanía Nacional (EDSN), al que la escritora chilena Gabriela Mistral bautizó con poética admiración como “el pequeño ejército loco”.

Esos hombres y mujeres en harapos, que defendieron con coraje de hierro la libertad y soberanía de la patria, colmaban de orgullo a Sandino: “Mi mayor honra es surgir del seno de los oprimidos, que son el alma y nervio de la raza”.

Pero en suelo estadounidense, cualquiera que se atreviera a defender su tierra de las sedientas fauces imperiales, era simplemente un terrorista. El presidente John Calvin Coolidge Jr. decía que Sandino era “un bandido”. Para la prensa norteamericana de la época era un “ladrón”, un “delincuente”, un vulgar “asaltante de caminos”. Efectivamente, las falsas noticias, las mentiras y las infamias no son propiedad exclusiva de la era digital.

Sandino y sus huestes campesinas se robustecieron en las montañas de las Segovias. Causaron fuertes bajas a los marines norteamericanos, que comenzaron a temer a un enemigo sin posiciones fijas y en constante movimiento que mellaba con sus apariciones fantasmales la moral del invasor.

Fueron cinco años, entre 1927 y 1932, de tenaz resistencia, guerra de guerrillas y ejemplo vivo de que “el hombre que de su patria no exige un palmo de tierra para su sepultura, merece ser oído, y no sólo ser oído sino también creído”.

Con obsoletos rifles y desafilados machetes el ejército de harapos expulsó a las “bestias rubias”. Sandino, siempre leal a sus convicciones, solo firmó la paz cuando el último hombre de las tropas ocupantes abandonó territorio nica. “No me vendo ni me rindo”, era su lema.

Pero la historia prueba que, como dijo el Che Guevara, “no se puede confiar en el imperialismo ni un tantito así”.

Washington siguió digitando los hilos de la política nicaragüense. Ya había impuesto al esbirro Anastasio Somoza como jefe de la Guardia Nacional, una entidad creada por Estados Unidos, cuando el 21 de febrero de 1934, al término de una cena en la casa presidencial, Sandino fue emboscado y asesinado cobardemente por orden del fundador de la dictadura dinástica somocista.

Tras el asesinato de César Augusto Sandino, Nicaragua vivió bajo el yugo sangriento de la familia Somoza durante 45 años. Tuvieron que pasar casi tres décadas para que se rescatara del oscurantismo a la figura épica de aquel que prometió: “Nosotros iremos hacia el sol de la libertad o hacia la muerte; y si morimos, nuestra causa seguirá viviendo. Otros nos seguirán”.

Fue el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) el que hizo memoria y honra de aquella epopeya libertaria. Encaramó a Sandino, a su bandera roja y negra como estandartes de la lucha contra la dictadura.

El siguiente testimonio es reflejo fiel de la ardiente persistencia de la senda de Sandino. Ese cordón de plata que une a los viejos luchadores del EDSN con las nuevas generaciones revolucionarias del FSLN: “Yo ya no puedo acompañarlo en esta campaña, porque míreme usted que yo ya soy un hombre viejo, yo para qué, yo con gusto pero yo no puedo, ya no aguanto una jornada masiva, ya esta campaña no la resisto pero tengo un montón de hijos y todos mis nietos, aquí están estos muchachos (…) Yo se los voy a dar para que anden ahí con ustedes, porque aquí tenemos que hacer la fuerza todos, y esto no hay que dejar que lo acaben”.

Y ese hombre que “da” a sus hijos y nietos —con su piel marcada por los años, con su cuerpo forjado en la resistencia, con la memoria orgullosa de haber sido correo de Sandino en la década del 30, con sabiduría de monte— observa que es la misma lucha independentista y soberana.

El que lo plasmó en papel es el comandante Omar Cabezas en su mítico libro La montaña es algo más que una inmensa estepa verde.

Entonces reflexiona Cabezas: “Pero me está diciendo que no hay que dejar que lo acaben como si nunca hubiera sido interrumpido, como una continuación de lo que había vivido con Sandino (…) Sentí que estaba parado en la tierra, que no estaba en el aire, que no era hijo solo de una teoría elaborada, sino que estaba pisando sobre concreto, me dio raíz en la tierra, me fijó al suelo, a la historia. Me sentí imbatible”.

“Por eso, aunque no lo crean muchos nicaragüenses que reniegan de sus propios hermanos, Sandino es la figura más gloriosa que ha dado Nicaragua desde aquellos indios rebeldes de la Conquista española. Por eso, Sandino, a quien muchos nicaragüenses llaman bandido, haciendo coro a los amos imperialistas, es figura respetada y admirada por todos los demás latinoamericanos y —estoy seguro— aun por los más reaccionarios. Nicaragua necesita muchos Sandino, y la América Latina se siente orgullosa de su gloria”, explicaba el historiador argentino y biógrafo de Sandino, Gregorio Selser, en su imprescindible El pequeño Ejército Loco.

Es tan magnífica la epopeya de Sandino y su ejército de harapos, que en el Pentágono se pueden observar dos plaquetas enmarcadas en bronce. Dos historias de coraje de pueblos en armas. Se trata de las únicas dos derrotas militares admitidas por los Estados Unidos: Nicaragua (1932) y Vietnam (1975).

Como un guiño de la historia, Sandino nació un 18 de mayo de 1895, el mismo día que José Martí caía en combate por la independencia de Cuba. Como al apóstol cubano, la historia latinoamericana ha incorporado, en un acto de justicia popular a su nómina de próceres libertarios, al General de Hombres y Mujeres Libres.



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