superclasico

El día del futbolista argentino, la fecha imborrable

|Por Javi Gumucio|

En 1953, luego de un pase de José Lacasia, el delantero de Independiente Ernesto Grillo dejó en el camino a Wright y Barlow y se perfiló hacia el arco. El intento de Barrass de tirarse a sus pies fue inútil: desde la línea de meta y casi sin ángulo, Grillo la metió entre el arquero Ditchburn y el palo. Ante 85 mil personas, en Núñez, la Selección había vencido por primera vez a Inglaterra. A los festejos se sumó el presidente Perón, que fue a abrazar a Grillo. Por esa jugada, se declaró al 14 de mayo el día del futbolista argentino.

El último jueves, el día del futbolista comenzó con la noticia en la madrugada de la muerte de Emanuel Ortega, el jugador de San Martín de Burzaco que fue a disputar una pelota y terminó golpeándose la cabeza contra la base de cemento que sostiene el alambrado de la cancha de su club. Por el hecho, la AFA dispuso que no haya fútbol y que se suspendan todas las actividades del fin de semana.

A la noche, un puñado de criminales de la tribuna de Boca agredía con bengalas y gas pimienta a los jugadores de River, que salían a disputar el segundo tiempo desde la manga del vestuario visitante. Los agresores no eran controlados por ninguno de los mil policías que había dispuesto la dirigencia local para el partido de vuelta de los octavos de final de la Copa Libertadores, en La Bombonera.

Era el comienzo de una jornada que no va a quedar en el olvido. Un hecho que rebalsó el vaso de corrupción y complicidad entre dirigentes, barras, futbolistas, el periodismo y un club. El día que se decretó parar el fútbol por la muerte de un jugador, Orión formaba a su equipo en la cancha, después de que le avisaran que el encuentro estaba suspendido y con sus colegas aún quemados por las bengalas y lastimados por el gas pimienta.

A la hora y media de haber hecho un minuto de silencio por Ortega, que había fallecido jugando a la pelota, la imagen en la cancha de Boca era patética: los jugadores no querían acatar la orden del juez e insistían –siempre tapándose la boca con las manos- en la reanudación del juego. Arruabarrena sacaba a la luz su inexperiencia al mando de un grupo, cuando discutía vehementemente con el árbitro como si fuese uno más de los once. Sus hinchas instigaban con cantos como “sos cagón” y una importante logística de pirotecnia, bengalas, un drone del que colgaba una tela blanca en forma de fantasma y hasta una bandera con la leyenda: “Si nos cagan otra vez, de La Boca no se va nadie”. Los jugadores de River, en el medio del cuadro, aún sufrían las secuelas del ataque.

A sus 13 años, Emanuel Ortega había dejado a sus familiares y afectos  de Jujuy y llegó a Buenos Aires empujado por la pelota. Cambió a Talleres de Perico por Banfield para cumplir el sueño de llegar a Primera. Después de ocho años de vivir en la pensión del Taladro, Ortega tuvo su primera alegría: en el último verano, a sus 21, había firmado su primer contrato y recibió su primer sueldo.

Mientras tanto, en Boca, el equipo del pueblo, sonaba un contrato millonario, el más alto del fútbol argentino: Daniel Osvaldo, que llegó desde Italia para decirle a Israel Damonte que con toda la plata que tenía, podía ofrecerle laburo a su madre de mucama. O para decirle a un fotógrafo que le debía avergonzar el trabajo de mierda que hace por cien pesos. O, unos minutos antes del gas pimienta, informarle a Carlos Sánchez que su mujer estuvo con Cavenaghi.

Los familiares, amigos, entrenadores y compañeros que tuvo el fallecido Ortega coinciden en que el jugador “era un ser humano excepcional, una persona humilde y transparente, de gran corazón y muy sacrificado; que vivía para jugar al fútbol y de esa manera poder ayudar a su familia”. En 2012, el jugador había escrito en su cuenta de Facebook: “Cuando mis piernas dicen basta, mi corazón dice seguí. A diferencia de los profesionales, cuando se me rompen los botines, no los cambio, paso noches arreglándolos y pegándolos para poder seguir jugando, porque es lo que amo”.

Después de casi dos horas de permanecer en el césped, los jugadores de Boca decidieron ir al vestuario. Habían arreglado con los de River en retirarse juntos, pero Agustín Orión -ese que alguna vez amenazó a Radamel Falcao con quebrarle todo y mandarlo al hospital y que logró aquel objetivo con Carlos Bueno, o ese que les prohíbe cambiar la camiseta a sus compañeros porque son todas para la barra- tuvo una idea mejor: dejar que los de River se retiren solos, que el público los cague a botellazos y ordenar a su equipo a quedarse para saludar a los violentos que provocaron el desastre. La imagen fue fulminante.

En el sanatorio Trinidad Mitre, donde había sido trasladado desde el Hospital Lucio Meléndez, de Adrogué, Emanuel Ortega era consciente de quien era, pero no recordaba lo que había pasado. Estaba sedado por los fuertes dolores punzantes que padecía. Lo habían operado de urgencia para disminuir la presión intercraneal y desde ahí quedó en coma inducido, del cual no despertó más. Tras once días de agonía, falleció.

Mientras en el barrio de El Milagro, en Jujuy, despedían los restos de Emanuel, en Asunción Daniel Angelici quería apelar la leve sanción que la Conmebol había aplicado contra Boca. En tanto, en Buenos Aires, un grupo de hinchas que estuvo en la Bombonera demandaba a su club por daños morales y perjuicios por 160 millones de pesos.

Jugadores, cuerpo técnico y dirigentes de Boca aún no repudiaron sus actitudes en relación al bochornoso episodio que protagonizaron. Todavía no hay ninguna carta o tuit de arrepentimiento o disculpas a sus pares de River, a sus propios hinchas y a la sociedad. Es más, tras el fallo de la Conmebol, Osvaldo tuiteó que unos tipos de traje le robaron la ilusión. ¿Nadie le avisó a Osvaldo que Boca entró a jugar la Libertadores de este año porque esos mismos hombres de traje instalaron a su club por la ventana en lugar de Vélez?

Se hacen los boludos, no tienen autocrítica. El destino quiso que la muerte de Emanuel Ortega sea en el día del futbolista, pero en la fecha del gol imposible de Grillo a los ingleses, también nos mostró los peores vicios que puede tener un equipo: ese que persuadió al árbitro para que reanude el juego, el que no tuvo el carácter para retirarse de la cancha, ni tampoco la humanidad para ayudar al rival, ni siquiera la valentía de decirle al público que pare con la violencia. Ese plantel que no tuvo los huevos para desobedecer las órdenes del jugador que organizó los actos más repugnantes que vimos en el fútbol.



El artículo El día del futbolista argentino, la fecha imborrable fue publicado originalmente en GolCafé
Share on Google Plus

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *