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Aprender a perder

│Por Manuel Charró

En un documental dedicado a la generación dorada del basquet argentino (“Jugando con el alma”, está en Netflix), Luis Scola deja una frase que todavía sigue colgando en mi cabeza. Como esas frases que nos gustan o que suenan lindo, pero que cuestan entender: porque lo que dicen va en contra de lo que estamos acostumbrados a escuchar. Ese momento en el que el sentido común, o lo que pide la tribuna -mejor dicho-, se choca contra una pared.

La frase de Scola no sale cuando repasan el triunfo de Atenas 2004 sino al revivir algo que pasó dos años antes: la derrota de la selección argentina en la final del mundial de 2002 contra Yugoslavia. En el mundo del basquet argentino esa final se recuerda con polémica.

Ese día, con el partido empatado y faltando 15 segundos, Scola recuperó una pelota en la mitad de la cancha y salió solo corriendo hacia el aro rival. Era el final de partido soñado para los argentinos. Pero el referí cobró falta. Hasta el comentarista gritó en la transmisión en vivo: nunca se entendió qué cobraron. Pepe Sanchez (jugador argentino) llegó a decir una vez: “fue una actitud de los árbitros cuanto menos sospechosa”.

Lo que vino después fue aún peor. Yugoslavia erro los dos tiros libres y, en la última jugada del partido, Sconochini (capitán argentino) encaró al aro buscando una canasta ganadora y recibió un foul que jamás se cobró. Hasta terminó en el piso tras chocar con un yugoslavo en el aire. “Clarisimo foul”, protestó el relator de la transmisión. Todos los jugadores argentinos salieron a protestar a los referís. Fue en vano.

El partido pasó a tiempo suplementario y Argentina perdió esa final. Yugoslavia ganó por siete puntos y se convirtió en el campeón del mundo.

Lo normal sería pasar a escuchar reclamos de los jugadores argentinos: ese campeonato era suyo y los árbitros se lo robaron. El documental debería mostrar a los ex jugadores argentinos protestando con nostalgia. Es lo que pide la tribuna.

Pasa eso. “Hay cosas que no puedo decir en frente a la cámara”, dice Ruben Magnano (ex entrenador de la selección), como aguantándose los insultos. “Cada vez que lo veo me da bronca: el foul que le cobran a Luis (Scola) en mitad de cancha. Ese pito a nosotros nos privó de ser campeones mundiales”, agrega Leo Gutierrez-

Listo. La audiencia ya escuchó lo que necesitaba. Todos contentos. Hasta que aparece Scola. “No me vas a escuchar nunca hablar de robo, de la mano negra. Nadie nos robó nada. Nosotros perdimos. Ese partido lo tendríamos que haber ganado. Esta cosa de que nos robaron y que somos campeones morales no lo acepto, no lo pienso y es muy injusto para el equipo que ganó”.

Scola, el mismo que se iba solo hacia el aro con la pelota para salir campeón mundial. No levanta el dedo señalando, no mira a los demás. Él encuentra las explicaciones mirando hacia adentro. Entender lo que el equipo hizo mal -lo que uno hizo mal- ayuda a entender por qué pasó lo que pasó. Y entenderlo hace que se pueda seguir. Eso es aprender a perder.

La generación dorada aprendió a perder antes de aprender a ganar. Es un ejemplo que podrían usar el resto de los equipos de cualquier deporte. Es un ejemplo que podría usar la selección argentina de fútbol.

Hoy la selección argentina está en un laberinto al que entró hace casi tres años y del que no parece haber salida. Es la misma selección que antes, en 2014 llegó a la final de un Mundial y en 2015 y 2016 llegó a dos finales de Copa América. Pero fueron tres finales que nunca se aprendieron a perder.

En 2014 post Mundial, Sabella dejó de ser el técnico de la selección. En 2016, pese a haber llegado a dos finales, Martino dejó de ser el técnico. Desde arriba, cero valoración del trabajo realizado. Después vinieron Bauza, Sampaoli y hoy el nombre es Scaloni, que debuta como entrenador en el cargo más demandante que conocemos. Los nombres cambian y la ausencia es día a día más clara: no hay plan.

Los atajos para sobrevivir postergan cada vez más un cambio de rumbo, que a esta altura es más urgente que necesario. Clasificación sobre la hora al Mundial de Rusia, clasificación sobre la hora a la segunda ronda de ése Mundial. Sin darnos cuenta, la épica tapa la autocrítica. Ahora el objetivo es la clasificación por la ventana a la segunda ronda de ésta Copa América. ¿Sirve realmente clasificar para algo que no se puede pelear?

No es una locura: hoy parece que lo mejor que le puede pasar a la selección argentina es quedar eliminada de la Copa América de Brasil en la fase de grupos. Tocar fondo: dejar de sobrevivir con lo justo. Empezar de una vez por todas a tratar de entender por qué pasó lo que pasó en 2014-15-16 y por qué pasó lo que pasó después. ¿Con que autocrítica puede formarse un equipo que se cree candidato solo por salir a la cancha?

No hay mucho tiempo. ¿Cuántos años más va a tener la Argentina al mejor jugador del mundo? ¿Dos años? ¿Tres? ¿Cuatro? El reloj sigue avanzando y aunque cada vez falta menos, el proyecto sigue sin aparecer.

Las respuestas están mirando hacia adentro. “Nosotros perdimos”.



El artículo Aprender a perder fue publicado originalmente en MCH
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