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A 20 años de “El último concierto” de Soda Stereo

│Por Joaquín Vismara

Tres horas de show, 27 canciones y una frase para la posteridad.

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“No sólo no hubiéramos sido nada sin ustedes, sino con toda la gente que estuvo a nuestro alrededor desde el comienzo. Algunos siguen hasta hoy…”. Con su guitarra PRS pendulando sobre su pecho, Gustavo Cerati se dispuso a ponerle un cierre al por entonces último show de Soda Stereo mientras sus compañeros de banda prolongaban la coda de “De música ligera”. La despedida había comenzado en la noche del 20 de septiembre de 1997 en el estadio de River Plate, y casi tres horas después el fin era un hecho. Con los brazos abiertos de par en par, Cerati realizó un ademán como si buscara las palabras para rematar su despedida y, tras unos segundos de silencios remató: “Gracias… ¡totales!”.

La frase, inmortalizada y también ridiculizada por la cultura rock local, fue el punto final de un adiós anunciado y agridulce. En sus últimos años de vida, Soda Stereo había dejado de ser una sociedad artística con tres integrantes en igualdad de condiciones, y las diferencias entre las inquietudes artísticas y el desarrollo profesional terminaron por horadar su dinámica interna. En poco más de una década, el trío había pasado de ser un exponente más de la expresión cultural post dictadura en Buenos Aires a volverse la punta de lanza de la revalidación identitaria de Latinoamérica de su propia cultura joven, en una renovación y actualización constante con las tendencias emergentes en el hemisferio norte, cuyos efectos y secuelas replicaron desde el canal de Beagle hasta el Río Bravo.

Los últimos 5 años de vida de Soda Stereo no habían sido fáciles para sus integrantes. Pasado el fenómeno de masas XXL que había significado Canción animal, el trío decidió hacer borrón y cuenta nueva con su popularidad. Lejos de los estribillos hechos a escala estadio, Dynamo, su sucesor de 1992, fue una gragea difícil de tragar para gran parte de sus sucesores, con 12 canciones que buceaban entre el shoegaze, el dream pop y la cultura alternativa marginal de la época. El riesgo de su búsqueda artística repercutió en su convocatoria: la banda canceló el último tramo de su gira presentación, y sus integrantes se abocaron a sus proyectos personales sin miras a futuro por un buen tiempo.

 

Sueño Stereo, el último disco de estudio de Soda Stereo, presentó una versión aún más madura de la banda, con más afición por los climas mid tempo que por los hits radiales, un recambio que se hizo más evidente al año siguiente, cuando la banda participó del ciclo MTV Unplugged. Lejos de atenerse al formato desenchufado impuesto por la cadena, la banda reformuló su repertorio como una suerte de orquesta de trip hop con tracción a sangre, con Cerati convertido en una suerte de DJ guitarrero, que utilizaba a su instrumento como un controlador periférico de delays y racks de efectos para crear una nube sonora narcótica.

La fricción entre sus integrantes era tan evidente que el anuncio de su separación no tardó en caer. A principios de 1997, un comunicado informó que Soda Stereo se embarcaría en una gira por Ciudad de México, Monterrey, Caracas, Santiago y Buenos Aires bajo el título El último concierto. La profecía autocumplida del nombre del tour se materializaría en su último destino: por primera vez en su carrera, la banda llegaba al estadio de River Plate, pero lo hacía para despedirse de sus seguidores. A partir de la frialdad del comunicado de prensa que anunció estas últimas fechas, Cerati se sintió obligado a dar más detalles del asunto con una carta abierta, publicada en el Suplemento Sï! del diario Clarín.

Y así fue como Soda Stereo decidió despedirse de su público, pero sin nostalgia a la vista. Sin ánimos de convertirse en un acto revisionista (una modalidad que rigió su efímero regreso diez años después), lo que se plantó en el escenario de River Plate fue la versión más madura del trío, y también la menos concesiva con su propio pasado. Con un repaso histórico anclado en los últimos años de la banda, toda visita a su historia previa fue hecha a través del tamiz de su presente.

Esa dinámica pudo percibirse en varios momentos del show: “Signos” pasó a convertirse en una balada acústica con aires de bossa nova con su leit motiv interpretado por el acordeón de Axel Krygier; “Sobredosis de tv” se reformuló como una pieza distorsionada en la que Cerati y Richard Coleman se midieron mutuamente en las seis cuerdas, y “Juego de seducción” tuvo una cuota guitarrera extra bastante lejana a los aires new romantic de su versión de estudio de 1985.

Entre omisiones a varios momentos de su historia, la lista de 27 temas buscó dejar para la posteridad una postal del punto máximo de creación y redefinición que el trío alcanzó en su corta vida. Allí estuvieron “No necesito verte (para saberlo)” y sus coqueteos con el acid house, el medley de ruido y melodía de “En remolinos” y “Primavera 0”, la cascada sónica de “Luna roja” y “Planeador” y la extensa coda instrumental de “Disco eterno” con la superposición de repeticiones de delays de guitarra, probablemente el mayor anticlimax vivido en un show de estadios que se haya registrado en la Argentina.

Después de “Cae el sol” y su guiño a “Here Comes the Sun”, llegó la hora definitiva del adiós. “Tengo una buena canción para cantar, a ver”, masculló Cerati antes de dar comienzo a “De música ligera” sin más recursos que su guitarra y su voz. Finalizado el primer estribillo, Charly Alberti y Zeta Bosio (más Tweety González en teclados) se acoplaron para una versión épica del mayor éxito que habían pergeñado juntos. Durante poco más de tres minutos, Soda Stereo entregó para la posteridad su costado más eufórico, y la materialización de algo que resultaba tan abstracto para sus propios integrantes como lo podía ser una despedida final, de repente pasó a ser un hecho concreto.

Después de décadas de un fenómeno local que dialogaba con su propia tradición y también su propia historia, Soda Stereo le permitió al rock argentino cruzar las fronteras e influenciar a una lista de artistas sumamente disímiles entre sí. De Café Tacvba a La Ley, pasando por Shakira, Babasónicos, No Te Va Gustar, Aterciopelados y Julieta Venegas, todos acusaron recibo de una influencia que, aún cuando no se manifestó en términos artísticos visibles, sí lo hizo en la posibilidad de entender que sus canciones podían tener una proyección mayor a la de sus esferas privadas. Y ese tal vez siga siendo a la fecha su mayor legado por fuera de sus discos.



El artículo A 20 años de “El último concierto” de Soda Stereo fue publicado originalmente en Silencio
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